sábado, 12 de agosto de 2017

Venezuela y nosotros, cuncta Hispania et omnes Hispani

Se dice que una mentira muchas veces repetida acababa pareciendo verdad. Y tan cierto es esto como su inversa. Una verdad demasiadas veces repetidas acaba pareciendo una medio verdad que oculta algo. Lo de Venezuela nos recuerda además que si algo necesita cualquier conocimiento es saber dónde poner aquellas cajas negras de Skinner, es decir, saber cuándo el análisis enreda y cuándo desenreda. Si pensamos en la presencia de Venezuela en la actualidad española, posiblemente lo mejor sea no enredar. A simple vista el tratamiento informativo de Venezuela es raro. Cada periódico dirá que es verdadero lo que publica y ahí no vamos a entrar. Pero es una verdad demasiadas veces repetida. No hay día que Maduro no sea lo más importante de la actualidad española. Y eso es raro. Llevamos un par de años oyendo las mismas verdades sobre Venezuela a diario. Verdades tan desmesuradamente repetidas a simple vista parecen verdades a medias, propaganda insincera. Decir que algo es propaganda no es negar su veracidad, sino la franqueza de sus propósitos. Cuando Reagan pregonaba la falta de libertad de los sistemas del Este decía algo verdadero, pero era propaganda.
A simple vista es rara, no sólo la frecuencia, sino también la fijación con Venezuela. Ninguna de las verdades que se están diciendo sobre Venezuela son exclusivas de este país, ni son más graves en él que en otros. La tortura, la violencia paramilitar, la corrupción institucional y la pobreza creciente es mucho más evidente en Guatemala que en Venezuela, por ejemplo (y sólo por ejemplo; en Latinoamérica hay donde elegir). La violencia sobre las mujeres allí tiene cifras de cacería. Lo raro no es que se publique que la ONU acuse a Venezuela de torturas. Lo raro es que la tortura de Venezuela sea cuatro días seguidos la principal noticia de España; y además sólo la de Venezuela, cuando la lista de países acusados por la ONU es larga y a veces bien cercana.
Otra rareza de la información es la certeza abrumadora que derrocha la prensa. En el llamado «Caracazo» del año 89 la represión ordenada por Carlos Andrés Pérez contra los manifestantes mató a cientos de venezolanos. Había empezado un período en que irían perdiendo derechos y salario en proporciones que aquí no podemos imaginar, mientras la corrupción se desataba sin límites. Las oligarquías venezolanas se enriquecían y controlaban de tal manera los recursos del país que la democracia era un cascarón vacío. Cualquiera de nosotros debería comprender contra qué se levantó Chávez. Y cualquiera de nosotros debería percibir los ramalazos autocráticos, caudillistas y, sí, populistas, que mostró desde el principio («está lloviendo pueblo»). A la vez, cualquiera debería ver que una parte de la crispación de Venezuela es la hostilidad de las oligarquías que pelean por sus ganancias y que, en medio de la tensión, se acentuaba ese caudillismo chavista, todo ello con un armazón formal democrático que en Venezuela se conserva más que en otros países de la zona. A nadie se le oculta el vínculo de la oposición con aquellas oligarquías. Y España se llena de lumbreras con las ideas clarísimas y contundentes sobre semejante enjambre. Qué rara tanta certeza.
La presencia rara y oscura, puramente propagandística, de Venezuela en la actualidad informativa de España viene de una tormenta perfecta con al menos tres frentes. En primer lugar, despliegan gran actividad personajes influyentes que tienen intereses allí, o median por ellos, principalmente Felipe González y el tentáculo correspondiente de PRISA. La complicidad del ex-presidente con Carlos Andrés Pérez era estrechísima. Quiso ejercer de abogado de Leopoldo López por la democracia, decía, pero los menos despistados quizá recuerden que se opuso a la extradición de Pinochet porque hacía 150 años que España no administraba justicia en las colonias. González, y no Pablo Iglesias, es quien tendría que explicar sus negocios y relaciones venezolanas. No es, desde luego, el único interesado, pero sí el más influyente. En segundo lugar, había un cierto vínculo entre la cúpula de Podemos y el chavismo. El desembarco de Podemos fue una conmoción que provocó un estallido histérico de propaganda adversa. El propio PSOE se apuntó a ese frente, igualando su discurso con el del PP y siguiendo la pauta que marcó González relacionando al nuevo partido con la revolución bolivariana. Lo cierto es que tal vínculo se exageró hasta la estupidez. Poco pintaron los entonces veinteañeros fundadores de Podemos en la escalada y maneras de Chávez. Fue mucho más intenso, más personal y más político el lazo de Felipe González con Fidel Castro. Y hacen como que no oyen que Iglesias está suscribiendo las actuaciones de Zapatero y pidiendo que Maduro dialogue con la oposición. Y el tercer elemento de la tormenta perfecta tiene que ver con los métodos de la derecha española. La democracia contiene inherentemente la discusión de distintas posibilidades entre las que el electorado acaba eligiendo. Pero toda democracia tiene un límite en lo que está dispuesta a discutir o a aceptar. El PP siempre quiso tener alguno de esos límites, un elemento de urgencia y excepción, en la política cotidiana para conseguir dos objetivos: que cualquier alternativa sea antiespañola y que haya siempre un elemento de distracción sobre lo que ellos hacen. El terrorismo les sirvió durante mucho tiempo. Recordemos la zafiedad con que acusaban a Zapatero de complicidad con ETA. La propaganda convierte a Venezuela en ese elemento a partir del cual no se puede discutir ni elegir. Ahí está el señor Tirado, diciendo la bobada de que el pacto del PSOE con Podemos convierte a Castilla – La Mancha en sucursal de Venezuela; como cuando decían que Zapatero iba a entregar Navarra a los terroristas. El tufo autoritario de estas prácticas es más denso que el que despedía Chávez desde el principio. Y más en un partido que ni condena la dictadura franquista, ni deja de homenajear su recuerdo, ni manifiesta una mínima humanidad hacia las víctimas de aquel horror.

Intereses empresariales, ataque a Podemos y táctica autoritaria y de distracción de la derecha, esa es la tormenta perfecta que convierte a Venezuela en pura propaganda. Ya es doloroso de qué se nos quiere distraer en España: paro, salarios de pobreza, merma de derechos, corrupción y corrosión de las instituciones. Pero más doloroso es pensar en el sufrimiento real de Venezuela y la manera irrespetuosa e insensible con que nuestros politicastros se frotan las manos para sacar provecho propagandístico de ese sufrimiento. Las delirantes excursiones electorales a Venezuela, aparte de su bajísimo nivel político, mostraron también la baja talla moral de quienes mostraron tal falta de respeto a un país en dificultades. España es el nombre de todos los españoles tomados como un todo, pero también de los españoles tomados como una clase distributiva referida a cada uno de nosotros (lo que en latín se distinguía con cunctus y omnis). Como totalidad y país, es triste que España sea uno de los agentes que empuja a Venezuela a una guerra civil. Como clase distributiva, cada español debería conmoverse ante este drama y repudiar la grosería con que se convierte en propaganda de tan baja ralea una situación tan incendiaria. Como país deberíamos ser mejor de lo que estamos siendo. Como individuos, sólo deberíamos exigirnos humanidad y compostura.

viernes, 11 de agosto de 2017

Iros: la Academia y tópicos para el verano

Lo interesante no es que la Academia haya considerado correcto el imperativo iros. Lo interesante son las reacciones, que convierten esta minucia en un asunto veraniego. Antes de decir un topicazo, la gente debería decirlo en privado, oírse diciéndolo, notar el olor a alcanfor que dejan en el aire las expresiones manidas, y así después en público ofrecer la versión mejorada, que suele consistir en callarse.
Solo por la palabra iros se vuelve al papel de la Academia y a si la lengua es del pueblo o de sus custodios. Y ahí aparecen los topicazos, como que la Academia es un mausoleo de figuras llenas de polvo. Es una broma facilona, que adorna a los guasones menos de lo que creen. Pero me interesa más el tópico que parecen compartir la Academia y sus burlones, al menos la parte de la Academia que sale en los medios. Julio Llamazares dijo alto y claro algo que se suele decir alto y claro un montón de veces (seguimos en el mundo de los tópicos): que da igual lo que diga la Academia, que la gente habla como le apetece y que podían ahorrarse sus prohibiciones y sus legalizaciones de palabras. Como digo, en este tópico parece estar de acuerdo la Academia de un tiempo a esta parte, porque son los académicos los que dicen que la lengua es de los hablantes, que ellos son sólo notarios que recogen lo que se dice, que no inventan nada y que desde luego «no son policías» del lenguaje. Tiene gracia que una institución normativa por definición diga de sí misma que no está ahí para poner normas, sino para tomar nota de lo que se dice. Cualquier día me llegará una multa de tráfico en la que no se me imputará ninguna infracción, sino que se hará un simple registro de mi conducta hecha por un agente con intención meramente descriptiva.
Por eso observaba con buen tino Francisco García Pérez que la Academia parece estar dedicándose más a fijar lo que se dice que a limpiar y a dar esplendor. Ya hay gazapos notables en el diccionario de tanto notario fijando lo que se oye. La palabra carroza, en sentido jergal, no tiene presencia en la lengua escrita ni la dice ya nadie que no esté saliendo de un coma de más de veinte años. Y ahí está, fijada en el diccionario sin esplendor. El mismo camino lleva rallar. Y es casi tierno que hayan metido cederrón. Le tuve que explicar a mi hijo por qué se llama colchoneros a los jugadores del Atlético de Madrid y por lo mismo él tendrá que explicar a sus primos más pequeños que era aquello del CD-ROM o cederrón.
Las declaraciones de los portavoces académicos se confunden donde más claras deberían ser: en los medios y ante los hablantes que deberían entender el porqué de la normalización. Chomsky decía que saber una lengua era saber dos cosas: asociar expresiones y contenidos y emitir juicios de gramaticalidad intuitivos sobre las expresiones de esa lengua. Esto último quiere decir que el que sabe una lengua sabe si tal expresión se dice o no se dice en esa lengua. Cualquiera que sea nuestra formación, sabemos que la expresión quiero tomar del caliente leche no se dice en español, aunque entendamos lo que quiere decir. Pero con la expresión yo que tú, no sé, mejor no contestabas, habrá castellanohablantes que digan que eso se dice y otros que no. La condición de Chomsky sirve para comprobar que el castellano es como las demás lenguas: temblorosa, inestable y diversa. El problema es que las innovaciones espontáneas tienden a no ser homogéneas. Es poco probable que nuestras ocurrencias idiomáticas coincidan con las de los barrios de Montevideo. Las lenguas se mueren fragmentándose y los hablantes tienden a fragmentarlas sin querer. Y ahí es donde se hace valiosa la norma y ese presunto mausoleo de dinosaurios académicos. La norma consiste precisamente en crear un patrón estable, y por tanto artificialmente unitario, a partir de las variaciones espontáneas y de los usos más reflexivos y elevados de la lengua. La lengua normalizada es artificial, pero no inventada. Si la norma se hace bien, la mayoría de los hablantes sentirá que lo que dice no es normativo pero es una aproximación al patrón normativo. Eso no hace que deje de haber innovaciones y variaciones espontáneas, igual que antes de que hubiera norma, pero con una diferencia crucial: que ahora las variaciones giran en torno a ese patrón estable y no se desmandan cada una por su lado. Eso hace que lenguas de muchos hablantes se mantengan razonablemente uniformes, es decir, se mantengan a secas. Una lengua sin normativa, sin escritura y sin alfabetización generalizada en una norma escrita no tendrá más de unos pocos miles de hablantes o tenderá a fragmentarse, es decir, a desaparecer.
En este juego la lengua escrita es esencial, porque la representación escrita es el patrón más estable que fijamos. El valor de la lengua escrita normalizada es la estabilidad, para lo cual cada cosa se debe escribir siempre de la misma manera, sin acumular variantes. Esa es la razón práctica de que algunas variedades sean «incorrectas», ajenas a la norma, y otras «correctas». Llamazares y muchos otros creen que la gente dirá lo que le apetezca con Academia o sin ella. Es un convencimiento tan tierno como el que cree que la publicidad no hace ningún efecto. Sin duda, la gente comprará Coca Cola sólo si le da la gana. Pero sin duda la publicidad hará que le dé la gana. Lo que establezca la Academia influye mucho en cómo se escribe, y el patrón escrito afecta mucho a lo que se dice y a los límites de las variaciones espontáneas. Por supuesto, la gente seguirá diciendo pa, alante y cuidao más veces que para, adelante y cuidado. Ninguna norma hace uniforme el lenguaje, sólo lo hace elástico, hace que las desviaciones espaciales tensen algo invisible cuya resistencia no las deja ir tan lejos que rompan el idioma. Aunque llegara el momento en el que ya nadie dijera finales en -ado, aún así sería discutible el paso de cambiar la forma escrita. Aceptar en el uso escrito los finales en -ao, como cuidao, no es tan práctico como parece. No se quemaría la inmensidad de libros escritos en español, por lo que el lector tendrá ante sí unas veces cuidao y contao y otras cuidado y contado, y precisamente el efecto estabilizador de la norma se consigue representando cada una unidad siempre de la misma manera, aunque en el habla real haya más variantes. No es grave que lo que se escriba se aparte algo o mucho de lo que se dice. No pasaría nada por escribir cuidado aunque nadie lo pronunciara así. Que se lo digan a los ingleses.

Por eso, cambiar en la lengua escrita los imperativos del tipo cantad por los más habituales del tipo cantar puede no ser buena idea. Y coger uno en particular, el dichoso iros, y hacer con él la excepción es como cenar hoy sin lavarse las manos. No pasa absolutamente nada, pero es el tipo de cosas que no hay que acostumbrarse a hacer. Tampoco pasa nada porque la Academia cometa uno o cien errores. Pero sí sería relevante que cuidara más cómo explica a la gente lo que hace, porque la percepción que los hablantes tengan del valor de la norma es parte de la vitalidad y del estado de la lengua (algo sabemos de esto en Asturias con el asturiano). Y los opinantes espontáneos quizá puedan hacer algo más que repetir tópicos. Tyrion le decía con sorna y altivez a Theon, en Juego de tronos, que todo el que se burla de un enano lo hace como si fuera el primero en decir la misma ocurrencia repetida. Seguro que se puede hablar de la Academia y la norma como si no nos burláramos de un enano.

El fútbol y otras charcas

La capa que nos separa de la barbarie es más fina de lo que creemos. Una huelga de basuras de cuatro días es suficiente para darnos cuenta de que la ciudad necesita muy poco para convertirse en un sitio inhabitable. En el año 80 un guarda murió por tiros de escopeta en la reserva de Muniellos, y así recordamos que basta con separarse un poco y envolverse en esa sensación de impunidad que da la soledad para que solucionemos un contratiempo engorroso disparando con una escopeta. El caso Villar nos recuerda que basta con rodear de opacidad una esfera de actividad para que quienes están en ella se sientan tan solos y tan impunes como si estuvieran en Muniellos, donde nadie nos ve. Apenas se afloje un par de resortes, las conductas amables de la civilización desaparecen y estamos en la barbarie.
Podemos reparar en la reacción que nos suscita el caso Villar. Lo que se atribuye a este personaje son las golferías de esos maleantes que aparecen en la literatura del Siglo de Oro o de esos rufianes malencarados de barrio que acechan en sitios sórdidos. Robaba, amenazaba, pagaba o pegaba. Pero nadie está estupefacto ni escandalizado. Nos parece como si alguien se hubiera caído de un guindo y estuvieran diciendo lo que todo el mundo sabía. A pesar de tratarse en muchos casos de dinero público, no reaccionamos con la indignación que nos provocan bajezas parecidas en políticos y gestión pública en general. Además de distanciamiento, tenemos también resignación, como si fuera inevitable que las alturas futbolísticas tuvieran que ser feudos sin ley ni control y donde sólo hay vulgaridad y codicia grosera. El fútbol tiene dos condiciones propicias para el pillaje a gran escala: por un lado, es un área opaca, estanca y al margen de la gestión general; y, por otro lado, es un espectáculo de masas de fuerte inmersión emocional y fuerte simbolismo de grupo.
Sergio del Molino, en su recomendable La España vacía, atribuye el tópico de la violencia sórdida de los sitios pequeños y aislados a la deformidad, y hasta monstruosidad, que produce la soledad y la incomunicación. Sin duda el aislamiento produce monstruos. Pero no estoy convencido de que esas historias oscuras de la España profunda tengan ese origen. Si hay algo que nos suaviza, es la mirada de los demás. Sólo podemos sentir vergüenza u orgullo por la conciencia de la presencia de otros. Hay una sutil tensión de protocolo con la que mantenemos nuestra imagen cuando estamos con gente. Lo notamos por esa distensión que se siente cuando quedamos solos y por la necesidad que tenemos de estar solos en algún momento. Cuando estamos en el baño ante el espejo con la puerta cerrada o sin gente en la casa, es cuando salen todas las fealdades que normalmente reprimimos. A escala social, se suman nuestra estima pública, nuestra reputación, nuestro estatus social y también la intimidación de una autoridad que se siente cercana. Con todo ello nuestra conducta pública se hace razonablemente suave y apta para la convivencia y desde luego, en la mayoría de los casos, alejada del delito. Lo que más nos aleja de robar de una tienda un iPhone que nos apetece no es la honestidad, sino un tipo de riesgo que es ajeno a la vida de la mayoría de nosotros. Pero si gestionamos un presupuesto de decenas de miles de euros con poco control externo, mucha gente que no robaría imputaría a ese presupuesto el codiciado iPhone, porque habría desaparecido la intimidación y el consiguiente riesgo.
La opacidad en la gestión pública es un abono infalible para la corrupción. Igual en la soledad del baño estallamos granos ante el espejo o componemos poses ridículas, cuando la gestión pública se hace fuera de la mirada de la gente pierde rápidamente la compostura civilizada y se hace bárbara. Todas las áreas de gestión que quedan fuera del caudal político general sobre el que hay escrutinio público corren el riesgo de ser como esas charcas que se forman al secarse o retirarse el caudal principal: aguas insalubres. Me refiero a direcciones de fundaciones (muchas de ellas indemostrables), entes públicos de todos los pelajes, empresas públicas regidas con las leyes de las privadas, loterías, boletines y todo lo que burbujea fuera de la cobertura de la prensa y de la mirada pública. No hay defensa contra la corrupción en esos nichos, salvo el sistema de control y contrapoderes mecánico que debería funcionar en cualquier democracia que no convierta a esas instituciones de control en abrevaderos de los partidos. Los tipos como Villar crecen por lo mismo que crecen hongos y eccemas donde no hay higiene.
Apuntábamos que además el fútbol es un espectáculo de inmersión emocional. Decía Galeano que cómo será de grande el fútbol para que con tanta podredumbre como hay en él siga siendo tan bello. Los estados emocionales están inconscientemente asociados a una cierta debilidad y a una cierta excepcionalidad. Cuando se juntan debilidad y excepción, tendemos a pensar que tenemos derecho a que los demás respeten una cosa y la otra. Cualquiera piensa que el amor por su hijo es una debilidad que los demás deben comprender; y que la conducta excepcional inducida por esa debilidad, que puede incluir el egoísmo y la trampa en su favor, debe ser también comprendida. Por eso tendemos a aceptar que los espacios en que se cultivan emociones compartidas deben ser en muchos sentidos excepcionales. Y la excepción suele consistir en tolerar privilegios. Conocemos bien este mecanismo en la Iglesia, por ejemplo. Una congregación de creyentes creen compartir algo que es especial y que debe regirse por un fuero también especial, como si fuera una burbuja en la que todo fuera interno. Siempre me llama la atención la normalidad con que se divulga que un sacerdote pederasta fue trasladado de un sitio a otro por el reguero indecoroso que iba dejando. Se dice como si fuera normal que una jerarquía eclesiástica que conoce una agresión tan intolerable estuviera exenta de la obligación que sí tenemos los demás de no encubrir tales delitos. La burbuja tiene sus propias reglas y todos los mecanismos de justificación son internos, no tienen responsabilidad ante los demás. Hasta llega a considerarse que el dinero de todos que se detrae de Hacienda para la Iglesia forma parte del derecho que los creyentes tienen a mantener su culto.
No es muy distinta esta percepción de la que se da en el fútbol. Parece que el espectáculo no puede detenerse pase lo que pase. El fútbol además crea una identificación grupal intensa. En algunos sitios es un verdadero catalizador de cohesión social, y no siempre para mal. Hay ejemplos en Inglaterra o en casos como el Ajax especialmente notables en que el fútbol inyecta valores honorables en la comunidad a la que da consistencia. Igual, por cierto, que la Iglesia en muchos sitios, que cohesiona para bien a la comunidad con valores positivos. Las deudas injustificadas e injustificables de clubes gestionados a golpe de ocurrencias, y que muchas veces son con el Estado o arrastran dineros públicos, o los delitos fiscales cometidos por sus millonarios protagonistas parece que tienen que ser tratados con esa excepción que es privilegio y que reclama la feligresía que participa de la compulsión emocional futbolística. Las conductas impropias de los futbolistas, así sean de abusos o adiciones, dan lugar a esa liturgia en la que el club defiende su inocencia y la afición quiere su absolución o impunidad. Siempre con espíritu de feudo cerrado y excepcional.

Es evidente que en el fútbol seguirá habiendo ladrones casposos como Villar y jugadores millonarios a los que se tratará como niños grandes malcriados. Pero debemos terminar por donde empezamos. El ecosistema de la civilización es delicado. Se puede venir abajo con un corte de luz de tres días. Apenas permitimos la opacidad en ciertas áreas o gestionamos mal legítimas emociones compartidas, creamos burbujas de barbarie que nos absorben energía y recursos y que nos degradan valores básicos. Villar es sólo un síntoma, como una de esas pústulas que anuncian enfermedades más profundas.