sábado, 20 de mayo de 2017

La casita en la playa y la universidad de los chavales. No se culpe a Susana Díaz

En cada elección europea tocan a difunto para la socialdemocracia. No se culpe a Pedro Sánchez de ser como todos. Nadie pensó nunca que fuera más listo que la media. Los sondeos no dicen que el PSOE esté bajando, pero el instinto nos dice que está en peligro, como si en cada elección se jugase ir a la prórroga. Es algo que está en el ánimo de los socialistas. La candidatura de Sánchez fue circunstancial, no fue la causa de nada.
El vídeo de Susana Díaz que anda revoloteando por las redes es un concentrado de desdichas que mueve a la repulsa. Pero deberíamos excusar a la protagonista tanto como debemos disculpar a Pedro Sánchez por la ruina electoral. Ciertamente el texto del vídeo es innoble y provocador. Decir que el malestar y la indignación que se vienen manifestando en España es una perreta de niñatos que ponen pucheros por no tener una casita en la playa es propio de fachas demasiado francos, de insensibles bocazas o de malas personas en pleno ejercicio. Sólo una marquesa destemplada puede llenarse la boca de estupor porque la gente pretenda salir una vez por semana, como si fuera un lujo que a uno le dé el aire el fin de semana. Y comparar los estudios universitarios de los hijos con una casita en la playa es ya como una de esas varillas con las que se tantea el nivel de aceite de los coches. Lo anterior era insensibilidad y simpleza, pero esto es ideología. El nivel ideológico que marca la varilla queda lejos de la izquierda y del centro, y seguramente de la decencia.
Como digo, en el texto no caben más infortunios, pero la interpretación de Díaz siempre lo empeora todo. Cuando quiere ser enérgica, sólo grita y simplifica lo que ya de por sí era simplón. Su demagogia es demasiado tombolera y ruidosa. Lo peor es cuando se quiere poner entre pedagógica, cariñosa y condescendiente, como en el vídeo de marras. Su gesto entonces cruje de puro cartón piedra, como cuando Esperanza Aguirre intentaba ser irónica o Ana Botella intentaba cualquier cosa.
El vídeo parece hecho por el enemigo, pero no se culpe a Susana Díaz de ser como los demás, de participar de la misma ceguera en lo inmediato y de las mismas claudicaciones en lo sustancial. La socialdemocracia europea, valga la redundancia, desaparece ante sus narices; el bipartidismo habitual en toda Europa, con matices según el sistema electoral, está en quiebra; crece el voto disconforme con los partidos conocidos, que son ahora percibidos como una oligarquía enquistada. Pero en el PSOE parecen creer que volverán banderas victoriosas al paso alegre de la paz. Piensan que sólo están en boxes, que lo de ahí fuera es suyo y que sólo tienen que cambiar neumáticos y salir a recogerlo. Es como si alguien hubiera puesto una carga de dinamita en una estatua y ellos creyeran que poniendo nuevas cargas los cascotes se reordenarían y reconstruirían la estatua original. El PSOE no tendrá más incidencia en la vida pública que las actuaciones que consiga pactar con otras formaciones ni más apoyo electoral que el que consiga por su incidencia en la vida pública. El ensimismamiento ciego de estas primarias será recordado. Es más visible y estridente en Susana Díaz, pero no más real.
Como decía, Díaz tampoco tiene más culpa que la media en la evolución ideológica del PSOE, que consiste básicamente en huir de su propia sombra. Ojalá fuera Susana Díaz el problema. La socialdemocracia se hunde porque, a base de defenderse de la indignación que le llega por la izquierda, se fue haciendo cada vez más liberal y menos socialdemocracia. A base de autoafirmarse frente a los discursos antisistema, se fue haciendo cada vez más sistema y más oligarquía. La sensación de que da lo mismo el partido socialdemócrata de turno que el correspondiente partido conservador produce apatía, aleja el ánimo de la gente de las instituciones y alimenta las actitudes poco matizadas sobre la clase política. Y lo paga más la socialdemocracia, porque es la que abandonó su sitio.
En el vídeo y en otras actuaciones de Susana Díaz asoman las renuncias que hacen irreconocible, y por tanto innecesaria, a la socialdemocracia. Hay que dar referencias claras. Lo primero que deberían hacer es señalar sin ambigüedad cuáles son los servicios públicos esenciales. Pongamos que estos fueran la educación, la sanidad, la justicia y la dependencia, para empezar. Lo segundo es una afirmación tajante de que en aquello que se considere servicio esencial la igualdad de trato y de oportunidades debe ser radical. No basta con garantizar asistencia sanitaria y educación para todo el mundo. Tiene que garantizarse el mismo nivel sanitario y educativo para todo el mundo. La universidad y los másteres de los que habla Díaz no son lujos como la casita en la playa. No debe haber más límite en el nivel de estudios de la gente que el que marque su valía y su actitud, sin tasas disuasorias para las clases bajas, ni tasas abusivas para la clase media que ya pagó con sus elevados impuestos el servicio. En los servicios básicos, la palabra «básico» califica al tipo de servicio, no al nivel con el que la gente debe recibirlo, que debe ser el máximo que se pueda permitir el país. Lo tercero es marcar con claridad cuál es el nivel de vida que se considera un derecho. Mi sentido común me dice que una casita en la playa no es un derecho que debamos garantizar a todo el mundo, pero sí salir una vez por semana. Los derechos de la gente son los propios de su condición humana y los que tienen que ver con la participación justa en la riqueza del país. Puede que en un país muy pobre el derecho que el gobierno quiera garantizar sea el de la alimentación, la alfabetización completa y la atención sanitaria universal. Pero si ese país crece y se hace económicamente fuerte, no es justo que ese crecimiento se lo quede una minoría y los demás sigan teniendo derecho sólo a la subsistencia. En un país del nivel económico de España, es un derecho algún grado de bienestar. El bienestar es que todo el mundo tenga una atención igualitaria y máxima en los servicios básicos. Pero también, y sobre todo, que los servicios básicos le cuesten una parte pequeña o moderada de su renta. El bienestar es que la gente no trabaje sólo para comer y curarse. El vídeo de Díaz nos recuerda el planteamiento liberal del PSOE. El apartar a la clase baja del bienestar y los servicios básicos y el hacer pesar estos servicios en impuestos y tasas a la clase media es la propuesta liberal conservadora cada vez más asumida por la socialdemocracia. La socialdemocracia debería ser combativa en su país y en los foros internacionales en la financiación solidaria de los servicios básicos y en que sea un derecho el grado de bienestar que se corresponda con una participación justa de la riqueza nacional. En vez de eso, se hacen liberales y se ofenden con quien reclame ese derecho.

Si algún despistado cree que el problema es Susana Díaz, que lea lo que Pedro Sánchez había firmado con Rivera. La socialdemocracia se va porque no defiende su ideario y cree que es adaptación a los nuevos tiempos la pura sumisión a un liberalismo más visto que el tebeo. La ceguera de los líderes del PSOE les oculta que la distribución de edades y votos indica que su raíz está seca y que no hacen más alejarse de los nuevos votantes (¡qué cosas decían el otro día conspicuos cargos socialistas asturianos a unos estudiantes que protestaban!). Al PSOE le irrita más el roce por su izquierda que por su derecha y esa picazón los petrifica en ese discurso liberal que los diluye. Podemos va a inscribir su muy oportuna moción de censura. La reacción del PSOE fue imprudente porque dijeron cosas difíciles de modular cuando todavía no saben qué toro es el que tienen enfrente. Pero ya fueron más peperos que el PP en la primera reacción. Ellos pusieron a Rajoy en la Moncloa y en el debate corren el riesgo de ser su falange en la embestida de la moción de censura. Susana Díaz sólo añade a la situación antipatía y ramplonería. Pero ella no es el problema.

lunes, 15 de mayo de 2017

Una victoria y una buena noticia. Lo demás en Francia fue derrota y malas noticias

Allá por el 2000, cuando el PSOE rumiaba la pérdida del poder y de Felipe González, yo no sabía por qué prefería a Zapatero sobre José Bono. Pero un día lo vi en el televisor y me di cuenta de que nunca antes lo había oído hablar y que por eso era mi favorito, porque todo lo que oía en el PSOE me sonaba mal y era mejor cualquiera a quien no hubiera oído. Algo así debió pasar en Francia con Macron. Más que votarlo a él fue botar a otros. Por eso dijo con buen tino Juan Carlos Escudier que el voto a Macron fue un voto en fuga, primero huyendo del hedor de Fillon o la audacia de Mélenchon y luego de la amenaza de Le Pen.
Lo cierto es que lo de Francia fue una victoria porque lo que se frenó fue el fascismo. El fascismo de toda la vida, el que Francia y Europa conocen perfectamente. Y haber parado a esa bicha es una victoria. Es una victoria además porque el fascismo ganó en EEUU e infectó al Reino Unido con el Brexit. Y además hay una buena noticia que no creo que se haya ponderado suficientemente. El Frente Nacional lleva apestando mucho tiempo la política francesa, pero hasta ahora era él el que desteñía a la democracia y ahora me parece percibir que es la primera vez que la democracia lo destiñe a él. El Frente Nacional se presentaba a las elecciones con su brutalidad en estado puro y los partidos sobre todo conservadores tenían que asilvestrarse para que los ultras no les llevaran más votos. Ahora fue Marine Le Pen la que tuvo que maquillar su racismo y su autoritarismo para que los demócratas no le llevaran más votos. Incluso parece que quiere una pequeña refundación de su partido para que las raíces y esencia de lo que son no sean tan groseramente visibles como eran con su padre, Jean Marie. No sé si tomar este hecho como un balbuceante repunte de valores democráticos, pero, como Machado, no dejemos de tomar nota de la rama verdecida en el olmo viejo por si anuncia algún milagro de la primavera.
Y lo demás fue derrota y malas noticias. Los viejos partidos son un ruina y el nuevo partido no existe. El poder siempre es como una bola de billar en una cama elástica, todo se precipita hacia él sin esfuerzo, es raro que al poder le vayan a faltar expertos o soporte. Pero lo cierto es que ahora no hay partido y que el apoyo recibido de Macron fue heterogéneo y huyendo de otra cosa, sin voluntad de ser una unión para nada. Lo único estructurado y con base social en la política francesa ahora mismo es el Frente Nacional. Si no ocurre algo, Le Pen es el futuro. Un desacreditado y antipático Chirac, hace quince años consiguió el 80% de los votos contra el FN. Ahora un líder más aceptable sólo tuvo un 66% con una abstención del 25%. Si sacamos la calculadora, eso significa que sólo la mitad votó por Macron y que, por tanto, para la mitad de los franceses no fue una prioridad parar al espantajo fascista. El FN ya no es un tabú en la política francesa, se le acepta como una posible opción de gobierno más. El fascismo blanqueó su identidad y consiguió su hueco sin dejar de ser fascismo. Y hoy parece el futuro.
Y además de derrota hay malas noticias. La gente no apoya la brutalidad o se insensibiliza con ella porque sí. El terrorismo y la seguridad pueden ser, sin duda, el enganche para la desconfianza y el rechazo al extranjero, pero ni siquiera eso justifica la implantación del FN. Esa cerilla no inflamaría el país si no hubiera yesca explosiva en el suelo. La gente está cayendo en un escepticismo áspero y cínico y en un abandono de principios por el deterioro de sus circunstancias, por la desconfianza en el futuro y por la desorientación y falta de referencias. Hay tres hechos evidentes que hay que repetir cuantas veces haga falta: la clase baja es cada vez más numerosa, la clase media dejó de ser clase media y la oligarquía económica y política cada vez tiene menos obligaciones con el conjunto. Este es el efecto de la globalización marcada por el dinero y las grandes empresas y no por ese ámbito de democracia y soberanía que son los estados. La buena noticia hubiera sido percibir que el susto siga en el cuerpo de los demócratas y que se conjuren para modificar estas tendencias. No me refiero a Francia. Me refiero a nosotros y los demás. Pero lo que se puede ver en declaraciones y los editoriales amaestrados es sólo un refuerzo de lo que aleja a la gente de sus instituciones.
En primer lugar, se siguen buscando hebras de provecho político doméstico sin guardar compostura. La indignación no tiene ideología y puede nutrir cualquier actitud de ruptura con la situación general. La indignación puede hinchar una izquierda alternativa en cualquiera de sus variantes, mejor y peor paradas (Podemos, Syriza, el frente de Corbyn, el de Mélanchon, …); pero exactamente el mismo descontento puede también nutrir a la extrema derecha; o al independentismo de determinadas zonas. Eso no quiere decir que todo eso sea lo mismo y que dé igual que en Grecia gobierne Syriza o los muchachotes de Amanecer Dorado. Pero a determinados partidos y soportes mediáticos les interesa mezclar churras con merinas y hacer la falsa ecuación de que todo lo que es causado por la indignación es idéntico y predican, y hasta se convencen contra toda evidencia (que de eso va la post verdad), la analogía de Mélenchon con Le Pen o Podemos con Trump o con los demagogos del Brexit. Pero no se pueden sostener estas analogías desquiciadas sin manipular groseramente el lenguaje y referirse al problema fascista con términos que puedan torticeramente aplicarse también a la izquierda alternativa. Y así los titulares dijeron que lo que se frenó en Francia fue el «populismo» o el «extremismo». La gravedad de esta actitud es que se está ayudando al fascismo a conseguir lo que ya tiene en Francia: camuflaje. El fascismo está instalado como opción aceptable que no alarmó a la mitad de los franceses entre otras cosas porque consiguió ocultar su nombre y su ser. Las lumbreras que pidieron responsabilidad a Mélenchon para que diera prioridad a frenar al fascismo, al día siguiente le hacen este favor al fascismo porque tienen ellos otras prioridades.
También fue una mala noticia la versión de lo que ganó en Francia. Los editoriales y titulares recordaban a alguna de las versiones fabuladas de la relación de Esopo con Xantos. En plena borrachera, el amo había apostado con otro toda su hacienda a que bebía el mar entero. Al despertar imploró a Esopo una solución para aquella situación límite. Esopo le dijo que se bebiera el mar. Tras todo tipo de sollozos y promesas de libertad Esopo le dio la solución. Y tras el susto Xantos le negó la libertad. El día antes de las elecciones decían que había que votar a Macron para frenar la brutalidad del FN. Y yo no tuve la menor duda. Pero al día siguiente se lee que los franceses votaron con sensatez las necesarias reformas de Macron (eliminación de funcionarios, reforma laboral dura, …), las reformas contra las que se alza esa izquierda alternativa a cuya responsabilidad se apelaba. No tuve ninguna duda de que había que votar a Macron. Pero ¿sorprenderá a alguien que la próxima vez más votantes de Mélenchon le digan al establishment que se beba el mar?

La sensación es que no se aprendió nada, que los partidos tradicionales y sus soportes creen que pasó el susto y que pueden seguir en sus poltronas y acelerando el nuevo juego: clase baja a la que sólo se le ofrece la subsistencia (alimentaria, sanitaria y educativa; muy lejos de la renta, atención sanitaria y formación de clases superiores); clase media despojada del bienestar (con impuestos altos y tasas en los servicios); y una oligarquía sin obligaciones. Esa es la yesca que el fascismo puede inflamar. Tras el vapuleo de estos años, cuando se asomen los bestias de Amanecer Dorado al poder en Grecia, ¿qué dirán? ¿Que fue el populismo de Tsipras? ¿Pedirán a Podemos que se «posicione» sobre Amanecer Dorado?

domingo, 7 de mayo de 2017

La carta del Presidente y el juego de apariencias

Javier Fernández se queja en su carta a Pablo Iglesias de los juegos de apariencias en política. Y hace bien en renegar de las apariencias: el PSOE puso a Rajoy en La Moncloa; la prensa de derechas y de extrema derecha no deja de ovacionar su actuación en la Gestora, siempre al servicio de Susana Díaz; la misma prensa católica y conservadora que afeaba a Susana Díaz no tener más oficio que la militancia ni más especialidad que «el aparato», presenta ahora su foto «por el PSOE y por España»; la propia carta a Pablo Iglesias, nada memorable y escrita con desgana, es celebrada por esa misma prensa como «demoledora». Es lógico que el Presidente desdeñe las apariencias, porque lo que aparentan la Gestora y el PSOE de Susana Díaz es que son con C’s respecto al PP lo que para los americanos eran Cuba y Puerto Rico respecto a EEUU: dos alas de la misma paloma. Sólo en apariencia.
Podemos pasar por alto las faltas y erratas de la carta con las que se están divirtiendo las redes sociales. Desde luego, descuidar en una manifestación pública la acentuación, la puntuación y el léxico da una sensación parecida a la de dar una rueda de prensa masticando un bocadillo o a la que uno tenía en la Biblioteca Pública de Gijón en los años setenta, cuando el presunto bibliotecario era un guardia civil retirado que te atendía pelando una naranja. Es mejor cuidar las formas, por si son algo más que apariencias. Pero pasemos por alto la cuestión formal. Lo que divide sin arreglo al PSOE es que, dado su peso electoral, tiene que entrar en pactos y unos no soportan al PP y otros no soportan a Podemos. La fractura es profunda porque la marcan sentimientos negativos. No es lo que les guste a unos o a otros, sino lo que no tragan unos y lo que no tragan otros. Javier Fernández se distinguió en todos los frentes contra los morados, en Asturias y en España. Sus razones tendrá. Todos estuvimos alguna vez enfadados con alguien y sabemos que en tal estado sentimos una superioridad moral singular. Una vez, un camarero de Lugo, con una hermosa merluza en sus brazos tensos, inflamado porque un altivo matrimonio de Luarca había dudado de la frescura de la mercancía, me decía al pasar a mi lado: «yo es que cuando sé que tengo razón me pongo fenómeno. ¡Fenómeno!». Así es como somos cuando nos enfadamos: nos ponemos fenómenos y arrogantes. Es difícil estar enfadado u ofendido con alguien y no sentir la certeza de tener toda la razón. Esa superioridad moral hace que sintamos legítimas las faltas de nuestra conducta. Si alguna vez nos parece aceptable la mala educación o la frase soez o insultante es cuando tenemos esa superioridad moral que la justifica. El problema de la animadversión de la Gestora y Susana Díaz hacia Podemos no es lo atinado o injusto que sea su juicio sobre los morados. Es lo que están dispuestos a tolerarse a sí mismos; lo que de hecho se están tolerando a sí mismos.
Javier Fernández no necesitaba a Pablo Iglesias para vivir la política como un juego de apariencias. Se echó a patadas a Pedro Sánchez aparentemente para evitar unas terceras elecciones, pero en realidad para evitar un gobierno presidido por él y apoyado por Podemos. Constituida la Gestora, Fernández convocó reuniones aparentemente para decidir qué se hacía con la investidura de Rajoy, cuando ya se había echado a Sánchez para abstenerse. Y la legislatura empezó con pactos del PSOE con el PP, en los que aparentemente el PSOE le sacaba las muelas al PP. En realidad, le sacaba calderilla, dejaban fuera de foco a C’s y a Podemos, y Cebrián y la prensa más de derechas les acariciaba el lomo y les regalaba titulares como azucarillos. El PSOE no se prestaría al juego de ser oposición amaestrada si no fuera por esa legitimidad que se siente cuando uno está muy enfadado. Si no fuera por el frente político y electoral que tiene con Podemos y si no fuera por la irritación que produce ese frente, el PSOE no hubiera tenido razones ni vísceras para compadrear con un gobierno como el de Rajoy. De no ser por esa autoindulgencia que todos tenemos en el cabreo, hubieran oído a Rajoy decir desde el principio que no iba a cambiar nada esencial de su política; se habrían fijado en que querían poner al infame Jorge Fernández al frente del Parlamento; habrían contado diputados y se habrían dado cuenta de que, una vez puesto a Rajoy en la Presidencia, Rajoy tenía sin ellos votos suficientes para que no le echaran abajo los presupuestos, porque el apoyo del PNV estaba cantado (sin ETA, el PNV es más PNV que nunca, interesados, insolidarios y a lo suyo); habrían sentido, como sentimos los demás, su responsabilidad en los delitos y actividades mafiosas del PP. Todo se lo toleraron a sí mismos por tanta razón que tenían frente al acoso de Podemos. Y ya se sabe cómo es uno cuando tiene razón: se pone fenómeno.
Las primarias del PSOE tienen pinta también de ser un juego de apariencias. No imagino ninguna de las dos partes tolerando la victoria de la otra parte. No imagino a Susana Díaz o Felipe González de buen rollo mientras Sánchez negocia con Podemos y nacionalistas su propia moción de censura. Ni imagino a Pedro Sánchez aplaudiendo a Susana Díaz mientras repite el gran servicio a la patria que fue abstenerse y no dar bola a los populistas. Aparentan ser unas primarias para elegir líder, pero la realidad es que es un combate para ver qué mitad se queda con el partido y qué mitad tiene que largarse. La lucha entre los socialistas que no soportan al PP y los que no soportan a Podemos hizo mucho daño al PSOE, y con él a España, antes de las primarias. Y después de las primarias también.

Javier Fernández debería dejar de ofuscarse con Podemos y mirar con rayos X a través de él y ver a la gente que los vota. Acaba de acordar aquí en Asturias los presupuestos con el PP. Subió hasta 300.000 € el mínimo exento del Impuesto de Sucesiones. Cherines ya había dicho que ese impuesto era su pieza y que estaba dispuesta a hacerse la rubia, en plan Cifuentes, para todo lo demás. Tres malas noticias en esta cesión: una fiscal y dos políticas. La mala noticia fiscal es que ahora una familia con dos hijos y un patrimonio de un millón doscientos mil euros no pagará ni un duro cuando se produzca la herencia. Cada hijo trincará cien millones de pesetas libres de impuestos. Un avance más en la desigualdad. Es una mala noticia política la enésima constatación de cómo son las cesiones del PSOE. No llegó a un acuerdo con Podemos e IU porque, se supone, le imponían condiciones que no podía aceptar. Ahí están siempre las líneas rojas del PSOE: a su izquierda. Por la derecha siempre es negociable todo. Y hay otra mala noticia política. Las grandes injusticias sólo consiguen respaldo popular con un elemento sensible de enganche por donde se puede infiltrar la demagogia y empezar a trinchar el pavo de la barbarie. ¿Cómo se llega a quitar el médico a un extranjero? Hay que empezar por una idea simple que pinche en algo sensible: puede ser la criminalidad, el paro, el idioma o lo que sea que esté alterando la convivencia. Pinchamos por ahí y acabamos dejándolos retorcerse con una apendicitis sin atenderlos. La derecha quiere una cruzada contra los impuestos. Y se están organizando en toda España a partir de un elemento débil por la poca información de la gente: el Impuesto de Sucesiones. El PSOE no debería ceder nada, ni un euro, en este tema. Pero Javier Fernández cedió y ejerció de «mudu». Sólo Llamazares se prodiga en defensa de tan justo y civilizado impuesto. El Presidente de la Gestora sólo denuncia la demagogia de Podemos y no este casposo frente Tea Party que avanza. Para una cuestión tan ligada a los principios políticos como este impuesto, calla. De Podemos no soporta ni siquiera que haga política. Si Podemos es una apariencia, que mire a través de él a la gente real y piense en lo que la gente real no puede entender. Y que piense en lo que no se toleraría a sí mismo si no fuera porque Podemos lo pone fenómeno.