viernes, 16 de mayo de 2014

La Gran Coalición (the Big Crunch)

[Columna del sábado en Asturias24 (www.asturias24.es)]
Estamos en un grupo formal o informal, de trabajo o de cerveceo. ¿Hacia dónde mira la gente cuando alguien habla? Lógicamente, tiende a mirar hacia el que esté hablando. ¿Y hacia dónde mira el que está hablando? El que habla mira hacia su receptor. Si le está diciendo algo a alguien en particular, lo mira a él. Si está hablando al grupo pasea la mirada de unos a otros.
Pero a veces el que habla te mira a ti y los demás también te miran a ti mientras él o ella habla; y cuando interviene otro, los demás siguen mirándote a ti. No es una excepción a lo anterior. Si te miran también los que no hablan, puedes dar por hecho que lo que te están diciendo ya estaba hablado entre ellos. Si uno habla y los demás te miran, si varios hablan pero no dialogan y siempre te miran a ti, es que tú eres el único receptor y el emisor son los demás, que pueden turnarse como portavoces.
Cuando dijo Arias Cañete que no descartaba una Gran Coalición PP – PSOE, no le lanzaba ningún guante al otro partido. Lo decía mirando para nosotros. Cuando lo dijo Felipe González, tras dar vueltas al asunto en esos largos aburrimientos suyos en Gas Natural, también nos lo decía a nosotros. Y cuando Rubalcaba dijo que no, que de ninguna manera habría Gran Coalición, no se lo decía a Cañete. También nos lo decía a nosotros. Hable quien hable del asunto, todos miran para nosotros. Si ponemos ahora en Google “gran coalición”, aparecerá un montón de noticias que contienen esa expresión en boca de variopintos protagonistas. Pero no se replican unos a otros. Todos hablan mirando para nosotros y todos escuchan mirando para nosotros. Como cuando las cosas ya están habladas.
Es verdad que los dirigentes del PSOE dicen que NO aceptarán una Gran Coalición (que cale que los dos partidos son iguales beneficia al PP porque le quita impurezas cavernarias y perjudica al PSOE porque le quita purezas progresistas). Pero díganle a alguien que NO piense en un oso blanco y no tengan duda de que pensará en un oso blanco. O pruebe a levantar un maletín en un aeropuerto concurrido y a gritar que en ese maletín NO hay una bomba. Lo importante es que se repite la expresión “Gran Coalición”, con o sin adverbio de negación.
Para no parecer caprichosos, centrémonos en Rubalcaba. Dijo que mientras él fuera Secretario General no habría Gran Coalición, “porque no sería bueno para España” y porque dejaría a una parte “sustantiva” de la población “sin alternativa”. Hay tres indicios de insinceridad en su frase. El primero es su vaciedad argumental y su nula intención crítica. Podría haber dicho que no podría haber coalición con el PP mientras sigan tramando esa ley del aborto, mientras insistan en perpetrar esa ley de educación o mientras pretendan privatizar la sanidad. Es decir, podría haber invocado asuntos que los separen y cuya mención se entienda como una crítica que impide coaligarse con el PP. Sin embargo se quedó en la nadería de que hace falta una alternativa. No había objeciones serias en su cabeza y, como digo, ni siquiera una intención de denuncia o crítica. El segundo indicio es que no se dirigió a Cañete o Rajoy. Cuando realmente replica o niega algo a algún rival político, lo hace metiéndose con él, casi siempre educadamente. Faltó ese latiguillo de “el señor Cañete no puede pretender …”, “el señor Rajoy no puede ahora …”. Ni siquiera hizo alusión a la mención directa que hizo Rajoy de que sería el propio Rubalcaba el socialista clave de la operación. No, no les estaba replicando. Y el tercero es que entonó con cierta vehemencia. Incluso para pedir la dimisión de Rajoy Rubalcaba emplea un tono calmado, como de reflexión o lección. Una negativa a la Gran Coalición tan exclamativa es en él el tipo de sobreactuación que hace un niño para decir que él no tocó ese plato hecho añicos.
Ninguna de las negativas del PSOE se dirigen al PP. Y el PP no polemiza con esas negativas del PSOE. No deberíamos desconectar, además, esos “rumores” de Gran Coalición de la reflexión de Ramón Jáuregui, según la cual a finales de 2015 debería procederse a una modificación, se entiende que a fondo, de la constitución. Es evidente que el país se está desvertebrando y que el régimen de 1978 tiene que ser sustituido, pensamos algunos, o refundado, quieren otros.
Los elementos de descomposición del sistema son evidentes y se reiteran en conversaciones y artículos. Resumamos. Los cargos públicos se deben al aparato interno de los partidos y no a los ciudadanos y ese aparato fue creando una oligarquía costosa para el estado: por la cantidad de cargos y nombrados innecesarios con salarios altos; por la ocupación e inutilización de las instituciones del estado al subordinarlas a los dictados de esos aparatos; y por la corrupción elevadísima y el caciquismo que creció en ese sistema. La alternancia de los partidos no toca esta situación que sigue agravándose en un ambiente cada vez hermano del de la restauración canovista. La monarquía fue una forma de compromiso de salir de la dictadura. Nunca hubo un debate serio ni referéndum o consulta sobre la jefatura del estado. El colarla en la constitución no sirve. La conducta de los miembros de la Casa Real, empezando por el propio Rey, y los detalles que se van sabiendo del pasado derrumbaron la comprensión o la paciencia de la ciudadanía con esa institución (¿quién dice que está remontando? Simplemente se habla menos de ellos). El sistema territorial se resquebraja. La secesión de alguna comunidad es una posibilidad real. El sistema autonómico en su conjunto es desigual, tendente al caciquismo, costoso y fuera de control. Las relaciones del Estado con la Iglesia siguen empapadas de los tiempos de la dictadura. Como dije antes, y como se deja ver en las reflexiones de Jáuregui, el castillo de naipes está inestable. Se podría pensar en corregir los excesos y sintonizar mejor con una población empobrecida, aturdida e indignada. Se podrían abrir las listas de los partidos para que la participación sea más real y el juego empiece a ser limpio. Se podrían revocar los privilegios absurdos de la Iglesia. Se podría abrir el proceso a una república, para no seguir en el s. XXI con una jefatura del estado hereditaria (los que tengan mal recuerdo histórico de las otras dos repúblicas que echen un ojo a cómo acabaron los períodos borbónicos).
Pero se está pensando en una Gran Coalición. Es decir, en un cerrojazo. Juntar fuerzas los fuertes, reactivar el papel de la monarquía, aumentar la intimidación hacia Cataluña, engrosar los temas que no se discuten ni se votan y señalar como antisistema todo lo que quede fuera. Todo por el bien general, porque el país lo necesita. Emilio Botín y Felipe González insisten en ello. Comprendo la debilidad formal del argumento ad hominem. Pero, por poner ejemplo, cuando se defiende la enseñanza concertada en nombre de la libertad de elección de los padres y quien la defiende de manera más militante es el Foro Español de la Familia, el Opus Dei y la Conferencia Episcopal tiendo a pensar que no es de libertad de lo que estamos hablando. Y cuando Emilio Botín y el consejero de Gas Natural quieren con tanto ahínco esa Gran Coalición, también tiendo a pensar que no es del interés general de lo que estamos hablando. No olvidemos la situación financiera de los grandes periódicos y medios y cómo su reestructuración está acercando cada vez más sus líneas editoriales, avanzando hacia una especie de Gran Unificación que se hermanaría con la Gran Coalición política.

El tiempo empezó, dicen los físicos, con el Big Bang y termina en los agujeros negros. La teoría dice que, si la densidad del universo está por encima de un valor crítico, su expansión se detendría en algún momento y empezaría a contraerse hasta el Big Crunch, el Gran Colapso, donde el tiempo acabaría absolutamente. Nuestra democracia empezó con una explosión alegre de partidos maoístas, trotskistas, socialistas de un tipo y de otro, falangistas, tradicionalistas y demás pelajes, que fueron poco a poco extraviándose o chocando y fundiéndose en partidos grandes o corrientes de partidos. Y lo que empezó con una gran explosión quieren ahora colapsarlo en un Big Crunch, donde los principales partidos, los principales medios de comunicación, la Iglesia y el Estado y los territorios españoles se hagan Uno y Lo Mismo: el fin de la soberanía popular, salvo en algunos temas menores. Por el bien general, dicen Felipe González y Emilio Botín.

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