viernes, 26 de diciembre de 2014

En Navidad

Hans Castorp, aquel entrañable personaje de Thomas Mann, se maravillaba de nuestra ceguera para el tiempo. Sentimos el espacio porque tenemos órganos para ello. Nuestras piernas nos desplazan y con el movimiento notamos el espacio. Nuestros ojos nos muestran que unas cosas están lejos y otras cerca y con la sensación de distancia sentimos también el espacio. Pero no tenemos ningún sentido que perciba el tiempo. Ni nuestros dedos sienten el roce del paso del tiempo ni nuestros oídos oyen su curso. Castorp no acertaba a entender cómo nos arreglábamos para medir algo que no podemos percibir.
Y no vamos a arreglar semejante cuestión ahora. Sólo parece evidente que, en ausencia de sentidos que sientan el tiempo, tenemos que recurrir a símbolos para tratar con él. Y, en consecuencia, la manera en que percibimos el paso del tiempo es muy sensible a la manera en que lo simbolicemos. La Navidad no es sólo una de esas muletas simbólicas que llegan cada año como un diapasón para que notemos cómo se amontona el tiempo. Además de eso, todo el perifollo simbólico que la acompaña, y ciegos como estamos para percibir el tiempo fuera de los símbolos, distorsiona la manera en que sentimos el tiempo en estas fechas. En Navidad el tiempo que percibimos se remansa, como si hubiera un dique que lo contuviera, y se solapan las personas y los sucesos de nuestra vida, como se mezclan y confunden distintas capas de agua cuando detenemos la corriente con algún obstáculo. Por eso todo el mundo se acuerda de todo el mundo y todo el mundo llora por todo, ríe por todo y se abraza por todo, como si todo lo que ocurrió estuviera efectivamente ocurriendo en estos días en que el tiempo se aprieta y todo se arremolina.
Christopher Nolan, en la película Interstellar, excita nuestra imaginación fantaseando con una versión de la quinta dimensión física. Tenemos tres dimensiones espaciales por las que nos movemos sin problemas. Einstein añadió que entre dos puntos no sólo hay distancia sino tiempo, que puede contraerse y dilatarse según ciertas condiciones. Ya son cuatro dimensiones, pero por esta cuarta dimensión no podemos movernos como por el espacio: siempre estamos en presente y no podemos ir hacia el futuro o el pasado. Pero en la quinta dimensión todo el tiempo se despliega ante nosotros, como se despliega el espacio en el Muro de San Lorenzo. “En esa quinta dimensión, no tiene sentido preguntar «¿cuándo nací?» o «¿cuándo morí?», porque, de hecho, siempre estás naciendo y siempre te estás muriendo”, dice Neil de Grasse. Una aproximación a esta quinta dimensión debe ser esta Navidad nuestra, donde nuestros muertos queridos están todo el tiempo muriéndose, nuestros hijos no dejan de nacer hasta el seis de enero, se ríen todas las risas del año y se lloran todas las tristezas porque está ocurriendo siempre aquel desamor o aquel quebranto.
La templanza con que se mira la vida pública es también propia de una quinta dimensión. Imposible sentirse exaltado en una dimensión donde Gallardón siempre está dimitiendo, Esperanza Aguirre siempre huye perseguida por la policía local y no para de presentarse para alcaldesa. En ese estado pentadimensional, la infanta está siendo continuamente acusada de fraude, Felipe VI no deja de coronarse, Juan Carlos I se afora interminablemente, Urdangarín está todo el rato en libertad con cargos y un muchachote del PP dice sin pausa sobre el aborto que la que se abra de piernas se atenga a las consecuencias, con su mano derecha en la entrepierna mientras los amigotes se ríen con la boca llena. En el delirio de la quinta dimensión Rajoy sale de la crisis una y otra vez, cinco millones de españoles están siendo despedidos todo el tiempo, Fernández Villa está permanentemente desorientado y los funcionarios reciben sin descanso su extra de Navidad.

Transite cada uno como mejor pueda por este remedo de quinta dimensión, por este parque temático navideño, de puntillas o a grandes zancadas, en pasado o en presente continuo. En enero se abrirá la compuerta simbólica, el tiempo volverá a fluir, nos arrastrará clavados al presente como a un salvavidas y las cosas volverán a pasar una detrás de otra. Y empezaremos a vivir los contentos y las melancolías que se remansarán en la próxima Navidad.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Podemos e izquierda unida ("no le toques ya más ...")

Para muchos militantes y líderes de Izquierda Unida la formación y rápida expansión de Podemos debe ser como el huevo de Colón, una de esas cosas que parecen fáciles y obvias cuando ya ocurrieron. En los días de las acampadas del 15 M, Gaspar Llamazares tenía la sensación de estar oyendo lo que él llevaba tiempo diciendo, como si de repente un montón de gente hubiera entendido algo que a él le parecía evidente desde el principio. Por eso tienen sus razones para no entender por qué se quedan al margen de esta agitación que rodea a Podemos cuando sus propósitos son más o menos iguales.
El programa de un partido es el conjunto básico de cosas que se propone hacer. Puede parecer lógico que la identidad o diferencia entre dos partidos se decida por su programa y propósitos y por eso Garzón viene diciendo que los votantes no entenderían que no se presentaran en una sola candidatura. Muchos votantes pueden sentir que piensan lo mismo que IU y que Podemos y puede extrañarles tener que elegir entre una cosa y otra.
Pero las cosas no deben ser tan sencillas. Los programas y la acción política no pueden llevarse a efecto sin instrumentos. Se necesitan partidos políticos, instituciones y poder en las instituciones para hacer las cosas que se prevén en los programas. El poder es algo parecido a lo que en física es la energía: es la capacidad de hacer cosas. La constitución prevé que el poder parta de los ciudadanos y que lo concentren o repartan con sus votos donde les parezca mejor. Los partidos son las entidades en las que el poder se acumula, igual que se concentra energía en los acumuladores o las baterías.
Esto es así porque así lo establece nuestro sistema electoral. Aunque votamos diputados y concejales, los partidos son los que deciden los candidatos y las listas. Por eso donde los votos concentran el poder es en los partidos y de ahí el poder fluye hacia las instituciones. En principio, la idea no es mala. Si no hubiera nada entre el voto de la gente y las instituciones, el sistema estaría desprotegido contra populistas y aventureros. Los votos pueden ser movidos por pulsiones emocionales colectivas circunstanciales y orquestadas. Aventureros como Mario Conde o quién sabe si Pedro Jota en sus buenos tiempos podrían encaramarse en el poder y hacer desde él las cosas que hacen los aventureros.
No se trata de infantilizar al pueblo y menoscabar su derecho a decidir. Se trata sólo de que haya amortiguadores entre sus acusados vaivenes emocionales y el poder institucional, como hay amortiguadores entre los altibajos del asfalto y el habitáculo de un coche. Los partidos son esos amortiguadores. No se recibe de los ciudadanos el poder más que a través de un partido que es el primer receptor. Como el partido tiene una ideología y una masa de reflexión y acción, el poder procedente de los votos llega sereno a las instituciones. Hasta aquí todo bien.
Pero los partidos, más por el efecto de malas prácticas sostenidas que por canalladas directas, extraviaron por completo el papel que el sistema les reservaba. Como hacen las baterías cargadas, los partidos tienen que soltar el poder que acumulan por los votos hacia las instituciones y recargarse cíclicamente con más votos, si los ciudadanos lo tienen a bien y no prefieren descargarlos y pasarlos a la reserva. El problema fue que los partidos, en vez de cumplir su función de amortiguador entre la voluntad popular y el poder institucional, retuvieron el poder. Nombran al Fiscal General del Estado, a miembros del Consejo General del Poder Judicial o del Tribunal de Cuentas, pero no les ceden el poder. Subordinan las responsabilidades públicas de instituciones independientes a la disciplina del partido que nombra a sus miembros, de manera que el poder se queda en los amortiguadores. Y además deforman el estado para acumular más poder con los mismos votos. Ahí tenemos un senado caro y parásito, que sólo sirve para que los partidos tengan más cargos para designar y más voluntades compradas; ¿o volverá alguien a decir, a finales de 2014, que “hay que convertirlo en una cámara territorial”?
Las consecuencias de décadas de dejar fuera de la foto al que se mueva son conocidas (la expresión es de Alfonso Guerra, que parece que se despertó de la siesta que lleva echando desde los noventa para irse de la política; otra vez): opacidad, atrofia institucional, privilegios, militancia como oficio y corrupción generalizada. Sólo desde esta percepción de la situación se explica el impacto de Podemos. Su fuerte apoyo no se debe a su programa ni a su ideología, que ya habían propuesto otros partidos. Tampoco se explica por la fuerza del liderazgo de Pablo Iglesias, que no es tan aplastante como suponen quienes lo imaginan con coleta, cuernos y rabo con final en punta.
El apoyo se nutre de la certera crítica a la manera en que los partidos vienen funcionando de la única manera en que la gente entiende la crítica y las cosas en política: con conductas más que con argumentos. Podemos tiene estructura y jerarquía, pero la jerarquía es blanda, los círculos flotantes, la frontera entre la militancia lo que no es militancia difusa, la transparencia es radical y, en los primeros pasos, la renuncia a privilegios de “casta” excesiva y monacal. No lo están proponiendo, sino que lo están haciendo. No proponen movilizaciones, sino que tienen de hecho movilizadas a más de cien mil personas en círculos de debate. Izquierda Unida viene siendo una excepción ética. Es cierto que nunca tuvo mucho poder, pero sí el suficiente para haberse corrompido y, sin embargo, es un partido limpio. Pero no fue ninguna excepción en la forma de funcionar como partido. Fue igual de opaco que los demás, igual de ensimismado y cerrado (bien lo sabemos en esta legislatura en Asturias) y con el mismo papel (lógicamente a escala, por su tamaño) con respecto a las instituciones. En Asturias y en Gijón conocimos legislaturas del PSOE solo y del PSOE con IU. La diferencia sólo estaba en el reparto de cargos. Areces fue siempre igual de Areces y en las delirantes andanzas de Rodríguez Vigil nadie notó que estaba en coalición con IU.
IU tiene el mismo programa que Podemos, pero lo que se percibe en este momento es que la cuestión son las herramientas, las maneras de funcionar y distribuir el poder, no tanto los propósitos. Y en esos aspectos ahora centrales IU está tan lejos de Podemos como cualquier otro partido. Ahora mismo son dos fuerzas muy distintas en los aspectos que más preocupan a la gente y que tienen que ver con una regeneración radical en la vida pública y en el funcionamiento de partidos e instituciones.
La afinidad ideológica y de programa deberá manifestarse en los inevitables pactos y estrategias conjuntas que deban hacerse en las instituciones después de las elecciones. La gente entiende que los que son diferentes se pongan de acuerdo si les une lo suficiente. Pero en la oferta electoral tiene que ir por separado lo que claramente es distinto. Hacer de la unidad de la izquierda un argumento electoral central perjudicará a quien lo haga, porque transmite una imagen muy ensimismada de la izquierda y porque a sus votantes naturales nunca les gustó la izquierda que siente como oponente a la izquierda.

Sin duda, el aroma común que desprenden Izquierda Unida, Podemos, Ganemos, Equo y demás tiene un enorme potencial que podrá desplegarse los próximos meses y años. La condición para llegar a la ansiada unidad de acción política es la de la rosa de Juan Ramón Jiménez. Que no la toquen ya más.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Toxo, Cándido y los Santos Inocentes


Los niños y las niñas siempre hacen preguntas incómodas. Unas porque la respuesta verdadera puede ser perjudicial para ellos (papá ¿alguna vez te emborrachaste?). Y otras porque la respuesta es difícil. Papá cómo saben cómo era el universo si no había nadie para verlo. Esa, por ejemplo, es fácil. ¿Tú te acuerdas de cuando naciste? Nadie se acuerda, pero sabemos cómo se nace porque siguen naciendo niños y viendo lo que pasa con ellos sabemos lo que nos pasó a nosotros. En estrellas muertas pasan cosas parecidas a las que pasaron al principio del tiempo. Viendo lo que pasa allí aprendemos cómo pudo empezar todo. Papá por qué nunca das limosna a los pobres. Esa ya es más difícil.
No es fácil explicar cuándo puede ser algo “malo” dar una ayuda a alguien. Seguramente es una cuestión de formato. Si Rajoy pasa por la Habana y en una cháchara informal le da un paquete de folios que tenía a mano al rector de la universidad, pues bienvenidos sean, porque al menos en los noventa en el país había un problema serio de escasez de papel. Pero si para dar esos folios firman un documento entre el gobierno español y el rectorado de la Habana, hacen discursos y proceden a la entrega del paquete de folios, la escena sería irritante porque susurraría que la Universidad de la Habana tiene bastante con un paquete de folios para estar en el sitio que le corresponde. Algo de eso pasa con las limosnas, pero es difícil explicárselo a un niño.
Y es que el otro día Rajoy, dicen los medios, firma el primer “gran acuerdo” con los agentes sociales en la legislatura. El Gobierno (Rajoy y Fátima Báñez), la patronal (Rosell) y los sindicatos (Toxo y Cándido Méndez) hacen un acto solemne, con discurso presidencial incluido, en el que firman una ayuda a parados que ya no cobran nada. Estos españoles pobres recibirán 426 euros cada mes durante seis meses. “Que se jodan”, decía exultante Andrea Fabra haciendo honor a su apellido, ¿recuerdan? Lo decía justo cuando Rajoy anunciaba hace un par de años toda la ayuda que iba a quitar a los parados, para que buscasen trabajo con más brío. Después de aquello, se les quitó el trabajo a muchos, muchísimos. Ahora les dan 426 euros al mes durante medio año. La escena recuerda al pasaje de Los santos inocentes de Delibes, cuando la marquesa ponía en fila a todos aquellos desarrapados y les daba cincuenta pesetas uno a uno, más que suficiente para estar en el sitio que les corresponde.
Y allí los sindicalistas como pasmarotes. Se ve sonriendo a Rajoy, Fátima la de la Virgen y a Rosell (aún en libertad sin cargos, rompiendo de momento la tradición reciente de la CEOE). Toxo y Cándido Méndez firmaban circunspectos. Hacían el papel de los desarrapados de Delibes con sus diez duros gritando viva la señora marquesa, qué buena es con los pobres. Qué harían allí. Debe ser lo que decía Toxo cuando se declaró póstumo hace poco. En ellos hay más pasado que presente y más presente que futuro.

El problema no es que se den esos euros a quienes no tienen nada. Es la cosa del formato, de la firma, del “primer gran acuerdo”. Puede que hacerles entender a Cándido y Toxo que no deberían estar allí creando esa escena sea tan complicado como explicarle a un niño qué hay de malo en dar limosna. Lo cierto es que, viendo la ancha sonrisa de Rosell (en libertad sin cargos), la Virgen de Fátima (o como se diga) y el Presidente, a mí se me vino una psicofonía (o quizás psicografía) de Manuel Vázquez Montalbán. Desde el más allá me llegaron sus palabras sobre aquella reforma laboral (todas las dentelladas a nuestros derechos se llamaron reformas) de Manuel Chaves (en libertad sin cargos, de aquella). Decía el bueno de Montalbán que ya había hecho un esfuerzo para convencerse de que la OTAN, el mercado y la incomunicación de los detenidos eran de izquierdas; pero que aquella sonrisa de Jiménez Aguilar, el de la patronal, le estaba haciendo temer que esa reforma laboral a lo mejor era de derechas. Y es que esas sonrisas patronales y gubernamentales mientras firmaban los dos sindicalistas póstumos y llenos de pasado me hace a mí temer que, con un formato de limosna, el acuerdo firmado es de derechas. Y que Paula Fabra debió decirle por lo bajinis a su marido Güemes (en libertad con cargos): “que se jodan”.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Retrato con transparencia y pregunta

Quién le iba a decir a Antonio López, cuando empezó en 1994 a hacer un retrato hiperrealista de la familia real, que en realidad estaba haciendo una caricatura, una especie de viñeta cómica irónica. Se dice que, cuando Picasso hizo el retrato nada hiperrealista de la poeta Gertrude Stein y alguien le hizo notar que no se parecía a la retratada, él contestó que perdiera cuidado, que ya se parecería con el tiempo. A Antonio López le pasó lo contrario. Mientras él pintaba y se afanaba en los detalles, la consabida campechanía del monarca, la espontaneidad en la compostura familiar, la inocencia de la corona y su simbolismo patrio fueron desapareciendo en bandazos ruidosos, como los que da un globo deshinchándose. Antonio López pintaba y la realidad se le iba, como si su cuadro le robara el alma y lo que quedase fuera de él fuera un cascarón vacío. Así es la diferencia entre la historia y la actualidad. Para la historia quedará una obra de arte y para la actualidad una burla digna de La Codorniz.
Carlos Vara digo en este periódico con afilada intuición que el cuadro era el reverso del retrato de Dorian Gray. Aquí es el retrato el que mantiene la inocencia y lo retratado lo que se afeó de vejez y escándalo. Pero, reteniendo la imagen, quizá la familia real, con el yerno delincuente, la infanta acorazada por la doctrina Botín y el Rey saliente con opacidad aforada exprés, sea el retrato de Dorian Gray de la vida pública española.
Siempre dije que la mayor degradación no era la que ocultaba la verdad, siendo también infame, sino la que desdibujaba en el ánimo colectivo la separación del bien y el mal. Los gobiernos de Felipe González mentían cuando negaban tener que ver con los GAL o la corrupción, pero al menos su empeño en mentir mantenía en el mal el crimen y el robo organizado; no se echaron capas sobre capas para hacernos sentir que no siempre un tiro en la nuca es un crimen. Esta legislatura intensificó todas las atrofias y todas las perversiones que fueron creciendo estas décadas. El cinismo, es decir, la exhibición impúdica del desprecio a las normas llega a hacernos perder la perspectiva de cuáles eran las normas y a hacer borroso el límite de lo aceptable y lo inaceptable.
Dicen que los faquires que se tumban sobre un colchón de clavos pueden hacerlo porque, al ser muchos clavos, no presionan lo suficiente. Si se echaran sobre uno solo, se lo clavarían. Probablemente la sociedad española mantiene calma y convivencia porque lo intolerable se le ofrece en dosis tan plurales que el conjunto de casos acaba por no pinchar como pincharía uno cualquiera de ellos.
Sólo por este principio podemos encajar dentro de lo aceptable que el partido que gobierna lleve robando de forma organizada y sistemática desde los años ochenta y que de forma visible se aleje de la carrera judicial (Garzón) o de la investigación (Ruz) a cuanto juez se le ocurra acercarse. El agravante de lo que se va sabiendo de la trama Bárcenas-Gürtel no es sólo el botín que se venían repartiendo estos quinquis que ahora, con sus sueldos en el Portal de Transparencia, hacen corrillos comparando ingresos y diciéndose que deberían cobrar más como fulanito o menganito. El problema añadido es que se deja ver cuántas decisiones políticas estaban compradas de antemano con moneda corriente, con el pueblo al fondo como convidado de piedra.
El truco no es tanto ocultar como alterar la perspectiva. Todo consiste en representar la realidad con escalas diferentes sobre un mismo plano. Un cuadro podría tener una pequeña mota de pintura parásita en un pliegue del vestido de una mujer retratada. Si echamos un cubo de pintura sobre el rostro de la dama, el cuadro tendrá un problema mayor que el de la mota de pintura. Pero si alejamos el cuadro y ponemos muchos aumentos en la mota de pintura, con la perspectiva así distorsionada, parecerá que el pequeño lunar es un defecto comparable al manchurrón de pintura. Sólo así pueden aparecer con el mismo tamaño en un mismo plano los desfalcos de Bankia, la mafia Gürtel, las atrofias universitarias y no sé qué papel del contrato de Errejón. En vez de limpiar la basura, se pone una lupa de muchos aumentos sobre quien la señale para mostrar que el grano que tiene en la barbilla es tan grande como todo el basurero. Los ex-presidentes que tienen sueldazos millonarios sin horarios de trabajo conocidos en grandes empresas que pagamos todos en nuestros recibos se alejan en la perspectiva y a la vez se pone la lupa sobre el horario de un contrato de poca monta de una persona a quien le cambió la vida en un par de meses. Para que el cuadro quede completo, se vuelve a hablar de la endogamia universitaria, debidamente ampliada para que quede del mismo tamaño que Bankia y Rato, pero no tanto que sea mayor que la beca de Errejón. Así se va componiendo una actualidad a distintas escalas que deja al ciudadano mareado y sin referencias de dónde estaba el bien y dónde el mal.
A veces una imagen, un sonido, una escena o un gesto tienen la santa oportunidad de sintetizar lo complejo en una intuición simple. Ocurrió hace años cuando un niño africano desnutrido y en los huesos se tambaleaba en el suelo y un buitre se le acercaba por detrás. Y a otra escala infinitamente menor nos concentró en un punto el momento político actual Sergio Martín con su pregunta a Pablo Iglesias que ya no hace falta repetir. Llenar la televisión que pagamos todos de patanes y espantajos de extrema derecha forma parte de ese cinismo que llega a alterarnos la medida de las cosas. Pero Sergio Martín nos despertó a todos sintetizando toda la miseria moral de nuestra actual vida pública en una frase admirablemente breve y completa.

Antonio López debe estar deprimido. Veinte años del mejor arte hiperrealista invirtió para mostrarnos una realidad que se le fue yendo mientras él retocaba y retocaba. Y llega Sergio y en un par de segundos emite una de las frases más zafias que se hayan oído y la realidad acude en tropel y se deja representar entera en esos dos segundos. Qué injusticia. Y no crean que me olvidé de la transparencia anunciada en el título, que tiene ya su portal y todo. Llevo todo el tiempo hablando de ella.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Día mundial de las librerías para centauros melancólicos

Pero el Señor bajó para observar la ciudad y la torre que los hombres estaban construyendo, y se dijo: «Todos forman un solo pueblo y hablan un solo idioma; esto es sólo el comienzo de sus obras, y todo lo que se propongan lo podrán lograr. Será mejor que bajemos a confundir su idioma, para que ya no se entiendan entre ellos mismos.» (Génesis, 11:5-7).
En la escuela del nacional catolicismo nos enseñaron que el empeño de los hombres de construir la Torre de Babel para llegar al mismo cielo fue sacrílego. Dios se ofendió por su soberbia y castigó su audacia confundiendo sus lenguas para que no pudieran entenderse unos con otros. Así contado, parece que Dios tuvo éxito. La incomprensión era el castigo por el atrevimiento. Y en la incomprensión lingüística vivimos.
Pero aquella escuela de falange tampoco sabía leer bien la Biblia. La confusión lingüística no era el objetivo de Dios, sino el medio. Dios quiso que los hombres no pudieran sumar sus fuerzas y talento por el poder desmedido que alcanzaba su unión. Hizo sus lenguas incomprensibles para que con la falta de comunicación no lograran la juntura de su entendimiento en empresas comunes. Y, como en tantas otras cosas, Dios fracasó.
En algún momento de cada año pregunto a los alumnos si tenemos como especie inteligencia suficiente para concebir y construir un coche, un ordenador o un equipo de música. Y cada año parece que hago una pregunta tonta. Ahí están los ordenadores y los coches, proyectados y fabricados por humanos. Los hombres y mujeres de Altamira eran iguales que nosotros, de color, de pelo, de tamaño y de cerebro. Es imposible, sin embargo, que nadie en esa cueva hubiera podido diseñar un chip o una moto. El cerebro humano no da para eso. Una de nuestras rarezas es que cada generación puede adquirir sin esfuerzo la información y destrezas de la generación anterior, de manera que el esfuerzo de cada una añade algo de complejidad al legado de la anterior. Con el paso de las generaciones, con el poco que cada una añade a la anterior, nuestros productos culturales y tecnológicos van haciéndose monstruos que desbordan nuestras verdaderas capacidades.
Un extraterrestre capacitado para relacionar un coche con nuestro cerebro se daría cuenta de que la máquina es demasiado compleja para las posibilidades de nuestra mente. Comprendería que entre nuestro cerebro y el coche hay algo interpuesto que llamamos historia. Sabría que esa no podía ser la primera herramienta concebida por alguien, sino el resultado de muchos pocos de inteligencia que pudieron sumarse por esta rareza de que podamos aprender cosas de quien nos antecede sin reproducir el esfuerzo que él tuvo que hacer para saberlo. Si nuestro extraterrestre oyera una sinfonía de Mozart, sabría que esa no podía ser la primera pieza musical compuesta por alguien. La inventiva humana no da para tal cosa. Tuvo que haber muchas composiciones previas sucesivamente más complejas hasta que Mozart pudiera subir ese otro peldaño. En cada sinfonía está el talento de Mozart, pero sobre todo la historia.
El extraterrestre comprendería el fracaso de Dios en Babel. Dios no tuvo en cuenta que la especie no sólo es acolmenada en horizontal, sino también en vertical; en el tiempo. No pudo impedir que los humanos acumularan su talento mediante el ensamblaje de las generaciones que se sucedían. Ni pudo, ni supo.
El desafío de Babel tuvo un momento estelar cuando nos las arreglamos para poner nuestras palabras por escrito. La lengua escrita hizo que cada talento y cada pensamiento se hicieran sólidos en el papel y se multiplicaran en cada cerebro que los leía. La humanidad se hizo entonces y para siempre centauro. La lengua escrita nutre nuestro cerebro y nuestra mirada con tal poder, que ya dejamos de ser hombres y mujeres para ser mitad hombres y mujeres, mitad otras mentes y otros tiempos. El torrente de la escritura, como un gigantesco servidor desordenado, nos fue haciendo cada vez más efecto de la historia y menos de la biología.
La lengua escrita exageró además otra deformación. Muchas especies tenemos señales con las que nos comunicamos, como muchas especies tienen nariz. Pero, igual que la nariz de los elefantes es monstruosa, nuestras señales tienen, entre otras, una monstruosidad que llamamos referencialidad. Con sus señales los animales se reconocen, confirman su protección, se amenazan, se subordinan o se cortejan. Nosotros tenemos la rareza de referir nuestras señales a las cosas; cuando hablamos, hablamos acerca de las cosas, tenemos temas de conversación. Nadie más tiene tal don. Al hacer grandes cantidades de información asimilables, la lengua escrita estiró la referencialidad de nuestro lenguaje hasta alturas más insospechadas que una torre que llegara hasta el cielo. La lengua escrita multiplicó la monstruosidad del lenguaje con los libros. Así llegamos a tener tratados de física o poemas tan asombrosos como el Gran Sertón.
Algo de todo esto debemos intuir cuando queremos ver los libros en santuarios. No nos gustan en grandes superficies entre electrodomésticos y vajillas. Nos gustan en bibliotecas y en librerías, en un espacio dedicado a ellos o como mucho dialogando con discos y cine. La red amenaza estos santuarios. Una quinta parte de las librerías de España cerraron. Las que siguen tienen un algo de resistentes, incluso de supervivientes. Dicen, algunos, que tal vez la red amenace los libros. Si los libros son paquetes de información, una vez desaparecido el papel, abiertos esos paquetes y desaguados en el océano de la red, se diluirán con formas escritas menores y mayores y llegará un momento en que su propia entidad deje de reconocerse.

Quizá ocurra. Quizá desaparezcan las librerías y quizá el libro se desdibuje entre posts, páginas sueltas y grandes ensamblajes de datos procedentes de sitios dispersos. Quizá un día llegue una generación que tenga una idea del libro tan confusa como la que ahora tienen ya de lo que es una enciclopedia. Pero hoy aún no es ese día. Las librerías supervivientes todavía tuvieron hace poco su día mundial. Tengan hoy los libreros guardianes del santuario nuestro recuerdo y nuestro reconocimiento y que por muchos años los centauros lectores podamos seguir celebrando con ellos el fracaso de Dios con la Torre de Babel.