sábado, 15 de julio de 2017

De Carrero Blanco a Carmena

El hombre lobo, esa era mi preocupación. Mis recuerdos de la muerte de Carrero Blanco son como si me los hubieran injertado de otra persona. Yo tenía trece años y la única pregunta que le hice a mi circunspecto padre era si iban a cerrar los cines. Ponían en El Rivero, el cine de barrio de La Calzada, La furia del hombre lobo, protagonizada por el inolvidable Paul Naschy. Ese era el nivel político de la preadolescencia en el tardofranquismo. A una chica del barrio de mi edad la llamábamos «la comunista» porque era testigo de Jehová, como su familia. Testigo de Jehová, comunista, todo era lo mismo para los preadolescentes de Gijón Oeste. Luego cumplí años. Y después cumplí más años. Y creo que dará igual cuántos años más cumpla. Nunca consigo igualar la violencia contra una dictadura militar con la violencia contra la democracia. ETA mató a Carrero Blanco y ETA fue quien mató, tanto tiempo después, a Miguel Ángel Blanco. No sé si la muerte de Carrero fue tan trascendente como se dice. Pero todos estos años que fui cumpliendo no consiguieron dejar en mí más sentimiento sobre aquel jueves que mataron a Carrero Blanco que la frustración de haberme perdido a Paul Naschy haciendo de hombre lobo. Sin embargo, lo más importante del día en que finalmente mataron a Miguel Ángel Blanco, y sigo con evocaciones personales, fue enseñarle a mi hijo que el país estaba en paz. Era demasiado pequeño como para asimilar que en la playa de Gijón los altavoces pidieran un minuto de silencio para pedir a quienes tenían a Miguel Ángel Blanco que no lo mataran. Toda la playa de Gijón en silencio, en pleno julio, porque alguien iba a morir. La tensión en los adultos desorienta a los niños. Y por qué no hace el Rey un trato con ETA, decía. Esas preguntas de los niños. No había manera sabia de explicarle, dos días después, que aquel por el que todo el mundo había protagonizado un insólito silencio al sol en bañador finalmente había muerto con dos tiros en la cabeza. Por más años que cumpla, lo que lamentaré es no haber podido ver La furia del hombre lobo, en un caso, y no tener consuelo para todos los miedos de un niño, en el otro. La violencia contra una dictadura y la violencia contra la democracia son violencia, pero son casi lo contrario.
Alguna vez comenté en este espacio que los símbolos patrios en España se suelen utilizar contra españoles, más para subrayar diferencias y establecer frentes que como motivo común. En realidad toda sobreactuación con los símbolos identitarios suele ser agresiva contra una parte de los representados en ellos. ETA dejó el triste legado de que el sobrecogimiento por cientos de muertes enloquecidas sea parte de esa especie de memoria fundacional que fue la transición y sus flecos. La sobreactuación con ese símbolo compartido no consiste en el recuerdo, el homenaje o el llanto por la memoria de los asesinados. La sobreactuación está en la caza de brujas, en fingir ver a ETA en cualquier debate o cualquier diferencia sobre cualquier cosa. «Tiene un verruga», decía un personaje medieval de Monty Python, cuando una especie de alquimista preguntaba que por qué creían que aquella chica a la que iban a quemar era una bruja. Aquello era un chiste de Monty Python. Los dirigentes del PP revolotearon enardecidos cuando Zapatero habló del «accidente» de la T4, y se corrigió inmediatamente para decir «el atentado» de la T4. Ante el revuelo del PP, Zapatero dijo que era evidente que había sido un lapsus, corregido además sobre la marcha. «Sí, pero no pidió perdón a las víctimas», cacareaba alguien en el corral del PP. Y yo oí «tiene una verruga», porque no daba para más el nivel de la gallinácea aquella. Sólo que esto no era un chiste.
Los símbolos representan lo que es común, lo que no se discute, lo que es condición para todo lo demás. Quien no sienta compromiso con España o ayude a los terroristas no tiene crédito para hablar de pesca o de sanidad. Esto es algo aceptable para casi todo el mundo. Y por ahí va la apropiación de los símbolos comunes. Se apropian de los símbolos exigiendo a todo el mundo su misma sobreactuación bufa y patriotera. Nos dicen cómo hay arrobarse ante la bandera y cuántas veces hay que decir España por unidad de tiempo. Y, claro, también nos dicen cómo hay que conmoverse ante un atentado, cuántos decibelios debe alcanzar el llanto y con qué ropa hay que guardar la memoria de las víctimas. El inventarse una confrontación con aquello que representan los símbolos comunes no tiene otro objeto que negar validez a cualquier otro debate. Es un sectarismo que hereda el autoritarismo rancio del que nunca se desprendió la derecha en España. Buscan diferenciarse de sus rivales políticos como españoles y como enemigos del terrorismo, porque no quieren dar explicaciones de lo que hacen ni quieren conceder legitimidad a lo que digan otros. Quieren que la democracia funcione como una dictadura.
Se podía discutir la razón que tenía o le faltaba a Carmena para poner la imagen de Miguel Ángel Blanco en el recuerdo de su asesinato. Se podía discutir hasta que Marimar Blanco calificó la propuesta de la alcaldesa de «silencio cómplice». ¡Cómplice! Hay cosas que no debemos seguir dejando pasar. Por anunciada y por cruel, no hubo muerte más conmovedora que la de Miguel Ángel Blanco. Ser su hermana no hace menos baja la vileza de señalar como cómplices de aquella canallada a quien le dé la gana. Si Marimar Blanco cree que Carmena es cómplice de aquello que enmudeció la playa de Gijón y España entera, que la denuncie ante el juez. Y si no, es ella la que tendría que dar cuenta de acusación tan desvergonzada. Veinte años son muchos para aceptar que la comprensible quiebra emocional del primer momento siga dejando escapar palabras y veneno sin control. Llamó cómplice de aquella barbaridad a Carmena porque, serenamente, cree que puede hacer eso, seguramente porque el discurso del PP le hace creer eso.

Hace mal la gente que entra en el debate sobre la inocencia de Carmena. Incluso es inoportuno recordar que tres años después del asesinato de Miguel Ángel Blanco la propia Carmena recibió una llamada de Mayor Oreja, entonces Ministro del Interior, para avisarla de que había planes avanzados de ETA para asesinarla. La dignidad de Carmena no le viene de haber sido amenazada por ninguna banda. Su inocencia es la que la ley presume para cualquier persona decente y no requiere argumentación. Como es lógico, no puede haber unanimidad en la valoración de quien está en la representación política como ella. Carmena tiene sin duda virtudes y defectos, como cualquiera. Pero muchos sentimos que el lado más positivo de Carmena alcanza una altura y una humanidad ejemplares. Los abucheos e insultos de los militantes del PP fueron efluvios de ese conducto que liga el corazón del PP con las tripas bajas del franquismo. Los ladridos de esos energúmenos fueron sólo ecos rancios de la fibra oscura de la historia de España. Esas ansias de cazar a la bruja parecían mostrar más nostalgia de ETA que condena. Al PP le gusta sobreactuar en las emociones básicas compartidas para extender credenciales democráticas a los demás y anular cualquier debate, así sea la unidad de España, ETA o Venezuela. Si algo se parece a esa caricatura bananera de Venezuela que ellos impostan, es el saqueo organizado que ellos llevan manteniendo por décadas o los martillazos a los ordenadores con que responden a los requerimientos de los jueces. O el ansia con que quieren castigar la frialdad emocional por la muerte del almirante Carrero Blanco (aún colea el caso Cassandra) y con la que abuchean como descerebrados a Carmena. Precisamente a Carmena, cuya presencia en la vida pública es un contrapunto de belleza a la fealdad de quienes la quieren quemar porque debe tener una verruga.

martes, 11 de julio de 2017

La niña y la sombra


A una imagen hay que darle un poco de tiempo, porque no es como el lenguaje, que envía las cosas una detrás de otra y hay que pensar rápido cada palabra antes de que llegue la siguiente. La imagen está quieta y por eso hay que mirarla y dejar que haga como un peso en una cama elástica, que abombe la memoria y la imaginación, y dejar que se precipite hacia esa hondonada lo que la imagen convoque. La masa que se inclina hacia la niña es oscura, grande y sin forma, como una amenaza confusa. Cualquier representación del miedo al lado de una niña desazona y provoca. Quizá la imagen de Carme Solé sea una abstracción. Siempre que hay una amenaza oscura e inminente, los amenazados son los niños, las primeras víctimas de todo, los primeros que pierden su condición cuando llega alguna variante del mal. La niña del cartel o ve por primera vez la forma del mal o ya está acostumbrada a la amenaza, porque no parece asustada ni sorprendida. En su gesto sólo hay curiosidad, o quizás resistencia. La imagen de Solé es poderosa y las imágenes poderosas, decía, comban la mente y la llenan de pensamientos, miedos y deseos. Lo primero que acude no suele ser una abstracción. Los primeros datos que acuden son los que ya estén en nuestro ánimo o nuestro juicio. Luego vendrán más.
En estos tiempos es difícil no tener en el ánimo a los refugiados de todas partes que huyen de algo. Cuando desaparecen todas las rutinas y hay miedo y urgencia en el gesto de sus padres, a un niño no le quedan certezas ni consuelo. Todo es una amenaza grande, oscura y sin forma. Lo primero que ahora trae a la mente la imagen es una niña refugiada. Nuestra lengua no conserva con suficiente vitalidad el participio de futuro latino para referirnos a esta posible condición de la niña. La niña no sería en realidad una refugiada, sino una refugianda, porque la mayoría de los que llamamos refugiados son realmente gente a la intemperie en busca de refugio. Su éxodo parece una representación horizontal de lo que vimos en vertical en las Torres Gemelas. Allí hubo gente que saltó al vacío huyendo del infierno. La muerte era segura, pero lo que mueve la huida no es la esperanza de lo que pueda haber delante, sino el horror de lo que hay detrás. Esta niña puede ser parte de uno de esos saltos de pánico en horizontal huyendo de alguna de las caras de la tragedia. No buscan nada. Marine Le Pen dice que vienen porque les ofrecemos lo que no tenemos. Nuestro gobierno no quiere socorrerlos porque dicen que se crea un efecto llamada. Los que saltaban de las Torres Gemelas no lo hacían porque les hubieran prometido nada al llegar a la acera. No había efecto llamada, no buscaban nada en el suelo al que se precipitaban. Sólo los movía el impulso irresistible de alejarse del espanto. Muchas niñas caminan en un salto horizontal interminable con una amenaza oscura inclinada sobre ellas buscando el límite de la intemperie, el sitio donde acaba todo («No hay mapas en la huida», escribió Julio Obeso). Es un salto lento, que dura mucho tiempo. Los niños se asombran de cosas normales porque para ellos son recientes. Y no se alteran ante lo insólito, porque para ellos es costumbre que todo sea nuevo. Quizá por eso el gesto de la niña ante la sombra oscura sea un gesto entre curioso y resistente, pero no de terror.
Si esta niña fuera una refugiada, se encontraría antes o después con un muro, o con pinchos, o con uniformados con el dedo en el gatillo para que se detenga. Allí donde acaba el horror no acaba el miedo. En el refugio que buscan tienen miedo a la niña. El terrorismo ya no es del IRA ni de ETA, que tenían su aliento social dentro. Ahora viene de fuera y el miedo hace que Europa ponga pinchos en las fronteras y la niña siga a la intemperie con la sombra sin forma cada vez más encima. O quizá es que la niña ya llegó adonde querían sus padres y la sombra es la Europa que se encuentra. Cuando la UE vaya a recoger su Premio Princesa de Asturias a la Concordia, veremos si tiene forma humana o no tiene forma. El terrorismo tiene siempre tres patas. Una es la desesperación colectiva que le da base social; otra es la ideología, política o religiosa, que le da organización y pautas; y la otra es la financiación, que lo hace todo posible. La desesperación, en todas sus formas, lleva disuelta como arenilla la semilla de la violencia. A veces los refugiados que consiguen llegar, tres generaciones después siguen siendo refugiados, gente de fuera sin asentar. No es la primera vez que en Londres ingleses de tercera generación muestran su locura trágica matando al azar. El juego de segregar, de no mezclar a los niños en las escuelas y de dejarlos sin opciones, el juego de que sean siempre refugiados de paso a ninguna parte, además de injusto, es peligroso. La desesperación de sus sitios de origen se filtra en los refugiados segregados por generaciones como un viento invernal por las grietas de los muros y produce en unos pocos locura e impiedad. Si la niña está en su país de origen, la sombra que amenaza puede ser la sombra del terrorismo, que mata mucho más en su país que en los seguros países europeos. Pero si la niña es una refugiada que llegó a un país seguro, donde no va a la escuela de los niños de allí ni sus padres trabajan ni viven en sitios normales, puede que la imagen de Carme Solé no exprese espacio, sino tiempo. Puede que lo que haya entre la niña y la sombra no sea una distancia que se acorta, sino un tiempo que transcurre. A lo mejor la sombra es la misma niña ya adulta conduciendo enloquecida un camión tratando de atropellar a gente inocente o dejando una mochila de explosivos en algún metro.
Si le damos tiempo la imagen precipita más cosas a la mente. Porque una niña con una amenaza sombría es más cosas que fronteras con espinas. Decía que lo que primero acude a la mente es lo que ya esté allí. El último libro que había terminado antes de mirar la imagen de Solé era Clavícula, de Marta Sanz. A veces leo con la televisión puesta, sin voz, en silencio. A veces me gusta que al levantar la vista del libro estén pasando cosas. Lo que estaban poniendo era El chip prodigioso, una de esas películas en que miniaturizan a un hombre y una nave y lo infiltran en un cuerpo humano. Y me pareció que algo así proponía Marta Sanz a su manera: un viaje a un ser humano. Hablaba de su dolor, pero hablaba de sí misma penetrando con la mente y las palabras hasta ese punto en el que lo que se toca no es una persona, sino la fibra de la humanidad. La mente gira mirando la imagen de Carme Solé porque una niña, entre curiosa y resistente, ante una sombra sin forma inclinada sobre ella como una maldición, es siempre la representación de algo que tiene que ver con la fibra de la humanidad. Entre la niña y la clavícula de Sanz, me llegó un recuerdo. Tenía que poner a mi hija una vacuna en la consulta de un pediatra en EEUU. Allí es caro hacer eso, pero la consulta es un paraíso de juguetes y moquetas donde la pequeña era feliz esperando su turno. Cuando la cogí en cuello y el médico le clavó la aguja, lloró, pero no inmediatamente. Ella no veía al médico, sólo a mí. Para ella aquella estocada violenta e inesperada se la había hecho yo. Tardó un segundo en romper a llorar, porque su primera cara fue de estupor. No esperaba aquella agresión de mí. Enseguida lloró y se apretó contra mí buscando consuelo. Pensé en niños maltratados. Me pregunté que qué tendría que hacerle yo a aquella niña para que me tuviera miedo, si incluso tras aquel daño tan gratuito yo era también el consuelo al que se agarraba. Y me pregunté a qué se aprieta una niña cuando no tiene a nadie que la abrace. Si la niña de Solé está en su casa, y lo que la amenaza es su familia, la sombra negra que se inclina sobre ella no tiene forma porque no puede tenerla, porque el miedo que nace en la familia no tiene orillas. Si es su padre o su madre la amenaza, el dibujo es cubista y está separado en imágenes distintas lo que en la realidad es un solo cuerpo. Porque el miedo y la amenaza que viene de la propia familia está dentro, buena parte de la sombra oscura es ya el corazón de la niña y es ya una melancolía espesa que tendrá siempre en la mirada. Además de padecer el maltrato, una niña maltratada no tiene a quién agarrarse y apretarse. Lleva la sombra dentro.

Al final sí acaba formándose una abstracción, la generalización de que cualquier amenaza devora primero a las niñas y los niños que a los demás. Es difícil determinar si el foco del cartel es la niña o la mancha oscura. Si es la niña, el cartel pide a gritos que, cualquiera que sea la forma del desastre, al menos a los más débiles los dejemos fuera y los dejemos seguir siendo niños. Si ponemos el foco en el desastre inconcreto anunciado por la sombra, la imagen de la niña mide la locura de lo que sea ese desastre que avanza. En todo caso, el cartel pide que al menos la Semana Negra sea un pretexto para para mirar alrededor y pensar.

domingo, 9 de julio de 2017

Tres presidentes vivos y Cataluña

En una de las historietas de Astérix una taberna luce un letrero que decía: «Se habla latín, griego, godo y otras lenguas vivas». No hace falta explicar el chiste. En principio, con decir que tres ex–presidentes de gobierno se habían reunido por iniciativa de Vocento hubiera sido suficiente. Pero los medios explicitaron que eran los tres ex–presidentes vivos, provocando la misma asociación por antífrasis que la viñeta de Astérix. Seguro que no querían hacer un chiste, pero la obviedad de que Vocento convoca a ex–presidentes vivos (y no a espíritus) sólo subrayó el contraste entre su condición biológica y su condición política. El aspecto de muerto (metafóricamente hablando) se adquiere cuando uno es pasado y cree ser presente y futuro, cuando uno cree que el presente no tiene nada que no haya visto y, en consecuencia, cree estar de vuelta cuando visiblemente el presente le supera y le aturde. No sé por qué recuerdo ahora un artículo de Rosa Montero del 83 sobre un concierto de las Vulpes, un grupo malo y provocador. Los jóvenes se descoyuntaban y se escupían mientras las Vulpes se metían los dedos en la boca para vomitar durante la interpretación. Y allí estaban también progres añosos, ex–militantes peceros, ya calvos y con algo de barriga, con la pose de que provocación era lo del rojerío y no lo de esas niñatas que a mí no me asustan. Todo ello con el sofocón de cuarentones fuera de sitio.
Los tres presidentes vivos reflexionaron sobre Cataluña. Lo que no sabrán ellos de decisiones difíciles. Están de vuelta en los temas de actualidad, como los progres linajudos en conciertos quinceañeros subidos de decibelios y escupitajos festivos. Como el respeto por los mayores es síntoma de pulcritud, allí estaba también Rivera aplicado y derrochando esas que Aznar llamó «cualidades personales relevantes». Bromearon sobre jarrones chinos, porque se sienten valiosos e incómodos. Como decía, la condición de muerto viviente se alcanza cuando se piensa que una versión fosilizada de uno mismo está al día y en sintonía con la situación presente. Últimamente, cuando los notables se sienten desfasados tienden a dar lecciones de historia, y no sólo los ex–presidentes vivos. Recuérdese la de lecciones de historia de cucharón que llevan endilgándonos a propósito de Podemos. La historia es una maestra sabia, pero exigente. No se sacan enseñanzas útiles mirando sólo su epidermis y con prisa. Nuestros presidentes vivos cultivaron otra vez una condescendencia adornada con banalizaciones de la historia. Volvió a aparecer la gran nación española que camina como un solo espíritu desde hace 500 años y que sería irreconocible sin Cataluña. También es una señal de defunción en vida el que uno se crea ya por encima de la prudencia, como habiéndose ganado el derecho a ignorar protocolos y cautelas. Por si fuera poca la confusión que se acumula en Cataluña, un ex–presidente vivo puede hablar del artículo 155 y hablar de firmeza poniendo cara de tanque. Ellos ya no están para medir palabras y gestos.
Los tres vivos sienten ahora que tienen mucho en común. En el pasado uno dijo a otro que se fuera y el otro lo llamó marmolillo, pero nada une más que estar lleno de enseñanzas y hablar de la nación española surfeando la historia. Por eso estaban distendidos y ocurrentes. Sobre todo cuando mencionaron a Venezuela. Entonces el espasmo de complicidad hacía que se partieran de risa. No hay sufrimiento más útil que el de los venezolanos. Vale para todo, para señalar a Pedro Sánchez, a Iglesias y a los independentistas. Mientras se sufra en Venezuela, todo mal tiene explicación. Y además es que te descacharras de risa. Qué hará creer a estos vivos que su foto y sus psicofonías de difunto ayudan en algo al enredo catalán.
La situación en Cataluña requiere claridad y franqueza. Un referéndum como el que se propone y en el contexto en que surge es un fracaso de la convivencia. Los referendos deberían servir para que el pueblo convalidase decisiones de los políticos de especial trascendencia para las que no vale la pura representación. Por ejemplo, España no debería ser una monarquía o dejar de serlo porque lo establezca una mayoría parlamentaria. Ahí conviene un referéndum. Zanjar la cuestión catalana con un referéndum es perfectamente democrático. Pero es zanjar algo que debería madurarse de otra manera que evite que cualquier resultado sea una frustración colectiva. Causa sonrojo el empeño con que gentes de altas responsabilidades gritan cosas tan manifiestamente falsas, imposibles o imprudentes. Un posible referéndum de independencia de Cataluña está en la agenda política española sin ninguna duda. Si más del 70% de la población catalana quiere ese referéndum y las Diadas son la manifestación colectiva más estructurada, numerosa y sentida que cualquier causa puede exhibir en occidente, cómo no va a estar este tema encima de la mesa de esta nación de 500 años. Por otro lado, y a pesar de lo que crea la panda que dirige Cataluña, en qué cabeza cabe que un territorio es independiente sólo porque diga que lo es. Es como pretender que Marruecos sea una provincia de España sólo porque el gobierno español proclame unilateralmente que lo es. Salvo que hablemos de sangre, claro. La pregunta de Puigdemont llevaba muy mala uva, pero no es superflua: ¿está contando alguien con zanjar el asunto con el ejército patrullando por las calles? Y la pregunta es aplicable también a él: ¿cómo se hace uno independiente unilateralmente? ¿Con guerrillas? ¿Quieren un Ulster para llamar la atención internacional? En primera línea de despropósitos está también el argumento principal de Rajoy: todo es ilegal. Muchas reivindicaciones consisten en pedir cambios en las leyes. Sin duda es una temeridad ignorar la ley y los tribunales, pero es una necedad del mismo nivel escudarse en leyes que se pueden cambiar cuando se quiera para ignorar un problema político de tanta envergadura.

A veces es urgente mirar con rayos X a los representantes políticos y ver a través de ellos al pueblo representado. Desde luego, prefiero oír mis uñas chirriar arañando un cristal que oír a Artur Mas hablando de la libertad de los pueblos y la democracia. Pero centrar la atención en los representantes a veces es una distracción. La mayoría de la población catalana quiere un referéndum de independencia por dos razones: porque creen que tienen ese derecho y porque nadie les ofrece otra forma de arreglar una situación que, se diga lo que se diga, está desarreglada. A la vez, está dividida la opinión entre quienes quieren la independencia y los que no. Y al mismo tiempo, una mayoría muy amplia preferiría una solución estatutaria que modificase la integración de Cataluña. La situación requiere diálogo con un solo límite: que el ejército o la guerrilla no sea la solución última de nadie. Como es improbable un diálogo inteligente, la otra posibilidad es una oferta a los catalanes. No a Puigdemont, a Cataluña. Se habla de «otro encaje» de Cataluña, se habla de estado federal. Todo eso no significa nada. Que alguien ponga un proceso y un plan sobre la mesa y especifique cómo sería la nueva organización territorial, cómo sería Cataluña en ese estado. Todo indica que en Cataluña habrá referéndum o habrá fuerza. La única manera de que el referéndum no sea de independencia es que sea para votar otra propuesta. En 2005 ya se hizo y no se aprovechó aquel consenso que hubiera ahorrado todo este galimatías. Y si es un referéndum de independencia, la manera más probable de que gane el no es que los catalanes tengan una alternativa estatutaria a la independencia. Si no hay diálogo y alguien tiene una idea, es momento de que sobre todo los catalanes la oigan. Pedro Sánchez dice tenerla. Y Pablo Iglesias. Y Ada Colau. Y otros. Que se junten los que tengan alguna idea en nombre de España y que los catalanes oigan algo más que independencia o más de lo mismo. Mejor juntar a quienes tengan alguna idea que juntar a tres ex–presidentes, como diría Quevedo, tumbas de sí propios, para decir ocurrencias y partirse de risa con Venezuela.