domingo, 16 de abril de 2017

Hazlo en diferido (jirones de despotismo)

«Carecen del concepto de la paternidad. No comprenden que un acto ejecutado hace nueve meses pueda guardar alguna relación con el nacimiento de un niño; no admiten una causa tan lejana y tan inverosímil.» (J.L. Borges, El informe de Brodie).

«M. Corleone: —Se me ocurrió que a los soldados les pagan por combatir. A los rebeldes, no. Roth: —¿Y eso qué te dice? M. Corleone: —Que pueden ganar.» (F. Coppola, El Padrino II).

Alberto Fernández, cabecilla del PP de Barcelona, dice que hay que dar prioridad a los refugiados que sean cristianos. Zoido concede la medalla del mérito policial a la cofradía del Cristo de la Buena Muerte, como si Jorge Fernández fuera Maese Pérez el organista y el actual ministro el médium. Cospedal de nuestros dolores tiene las banderas del ejército a media asta por la muerte de Cristo. Todo esto es sólo un residuo irritante de otros tiempos que cubre la actualidad como esa espuma sucia que flota en la pota al empezar a hervir el cocido. Ensucia, pero se retira de la vida pública con la misma facilidad y ausencia de consecuencias con que se limpia con la espumadera el borbollón de los garbanzos. El truco del despotismo no es llenar el presente de materiales del pasado, caducados y en descomposición. La clave es tejer el futuro en el presente, no zurcir el presente de pasado.
El despotismo neoliberal necesita que la gente tenga ya asimiladas las cosas cuando ocurren y por eso es el futuro el que tiene que venir al presente e ir ablandándose para que se vaya haciendo comestible. Sabemos que la mentira es un componente necesario del despotismo y que debemos detectarla. Pero más debemos reconocer las verdades que tenemos ante los ojos. El problema de la oligarquía no es el disgusto de la gente, sino el conflicto. Buscar un orden que haya que mantener con violencia cada día es cosa de zotes de esos que siguen condecorando santos y haciendo de la Semana Santa una payasada anacrónica. Entre otras, hay dos maneras muy cotidianas y complementarias de hacer tragable lo intragable. Una es la de actuar en diferido, hacer que lo inaceptable se perciba como una tendencia tan inevitable como una ley física. La otra es dar la de cal y la de arena, pero sin compromiso con la cal y con compromiso con la arena, de manera que se oscurezca que hay una tendencia. Combinando tendencias inevitables con ocultación de tendencias el despotismo se asegura el futuro en el presente. Vayamos por partes.
Ya había señalado Chomsky que diferir en el tiempo medidas traumáticas era una de las diez estrategias básicas de la manipulación. Si nos quitaran de golpe las pensiones, nos dejaran la sanidad al albur del mercado y ponen la educación en manos de empresas y de la Iglesia, habría un estallido social. Para evitarlo se empieza con esos famosos globos sonda que se van espesando hasta hacerse tendencias objetivas. Hace tiempo que nos dicen que no habrá dinero para las pensiones. La gente no va a las trincheras en parte porque el anuncio no exige privación inmediata y porque siempre se confía en que las cosas se arreglarán. Pero en pequeña parte. Las protestas sociales desestabilizadoras parten de un estado emocional intenso y ahí es donde se juega la partida, en el de las emociones. Nuestro cuerpo no evolucionó adaptándose a un mundo global donde los procesos son extensos en el tiempo y abarcan territorios planetarios. Esto es muy reciente. El mundo en el que evolucionó nuestra especie era un mundo en el que no sucedían en un sitio cosas causadas por alguien que vivía muy lejos de ese sitio o por lo que hubiera hecho alguien hace tiempo. Las relaciones causales de las acciones humanas eran del corto alcance en el espacio y el tiempo. Nuestra razón es bastante poderosa para entender este mundo de ahora, pero nuestro equipaje emocional no. Sólo responde a lo espacial y temporalmente inmediato, funciona como la mente de los yahoos del informe Brodie de Borges. Nos conmueve un niño que se dé un golpe a nuestro lado y consumimos sin compasión productos que se fabrican con niños esclavos en Asia. Puede haber comprensión racional pero no respuesta emocional para algo tan distante. A los adolescentes no los alteran campañas anti tabaco basadas en el cáncer y la muerte. Eso para ellos está lejos en el tiempo. Un presidente diciendo que no aguantan los fondos para las pensiones puede crear empatía emocional por el gesto grave, dolido y esforzado con que lo dice. Pero lo que anuncia no causa desesperación y cólera porque está diferido en el tiempo y, aunque nuestra razón lo entiende, las emociones negativas no acuden para cosas tan lejanas. Y así da tiempo a decirlo, repetirlo, macerarlo y que llegue ya casi hecho bolo alimenticio cuando toque.
Esta semana dos lumbreras publicaron un artículo explicando que las oposiciones son una forma pésima de seleccionar personal. Dicen que la validez predictiva de las oposiciones es de 0,45. Qué se puede decir ante eso. La validez predictiva debería expresar la confianza que podemos tener en el buen rendimiento de quien gane una oposición, y eso no se puede establecer sin datos numéricos de cuál es el rendimiento de los funcionarios y cómo se establece tal cosa. La realidad es que ahora mismo la seguridad de los funcionarios provoca que algunos rindan poco y muchos trabajen con profesionalidad y autonomía; y que poner a los empleados públicos en manos de decisiones discrecionales ya es conocido de sobra en España desde Galdós y sólo provoca clientelismo, arbitrariedad y estructuras caciquiles. En otros países hay mejores sistemas que las oposiciones que están bien protegidos contra el clientelismo, pero no se dan pasos en esa dirección, que busquen la desparasitación política de las estructuras del Estado. Las nuevas hornadas de políticos se acostumbraron a un sistema en el que se asciende en el partido por confianza y ese es su modelo. La intoxicación aprovecha las evidentes disfunciones del sistema actual para llegar a ese punto tan querido de que hacer cualquier cosa sea mejor que no hacer nada y así la gente acepte que se haga cualquier cosa. Ya hay muchos funcionarios nombrados y sueñan con plantillas más manejables y elásticas y empleados públicos más «de confianza» que profesionales. Pero hay que diferirlo en el tiempo, el proceso está empezando. De momento, sólo globos sonda.
La otra manera de preparar el futuro es decir cosas equilibradas con compromisos desequilibrados. Felipe González dice que hay que llegar a trabajar tres días a la semana y retrasar la jubilación hasta los 75 años. Pero hay un fuerte compromiso con retrasar la edad de jubilación y ninguno con acortar los días de trabajo por el mismo sueldo. El decir una cosa con compromiso y otra cosa compensatoria sin compromiso quiere ocultar que la tendencia es una: retrasar la edad de jubilación. Hay que aprender a ver el compromiso o su ausencia en las palabras que nos dicen. El compromiso siempre es hablar contra lo que alguien pretende. Decir algo con lo que todos están de acuerdo es no decir nada. Hace poco escribió Victoria Camps sobre educación. Dijo que hay que cruzar los dedos para que haya un pacto sobre educación; que hay problemas «no menores» que hay que abordar con valentía para «constatar lo que no funciona»; que hay que comprometer a toda la sociedad con la educación; que no puede ser un juguete de los partidos. Todo su artículo es una sucesión de afirmaciones de este tipo, las afirmaciones sin compromiso, que nadie va a discutir y que, por tanto, no dicen nada. M. Corleone vio que la tendencia la marcaba la diferencia de compromiso. En la vida pública sólo se dice algo cuando hay compromiso en lo que se dice y lo hay sólo cuando se discute lo que dicen otros. Si quitamos del discurso público lo indiscutible, lo que queda es lo que se está diciendo de verdad, la tendencia que quieren que asimilemos ocultándola entre una maraña de vaciedades sin compromiso. No sólo hay buscar lo que nos ocultan. También hay que ajustar graves y agudos en lo que no nos ocultan si queremos ver lo que está pasando.

sábado, 8 de abril de 2017

Las advertencias de Cassandra

Casandra recibió de Apolo el don, muy apetecible, de la profecía. Después, y tras no cumplir ella su parte de convertirse en su amante, lo que recibió de Apolo fue un nada apetecible escupitajo en la boca. Seguía siendo adivina infalible, pero el apolíneo gargajo le había quitado la persuasión y tuvo que vivir con la maldición de saberlo todo, pero no convencer nunca a nadie de la verdad de sus vaticinios. Y así cayó Troya, pese a desgañitarse ella explicando lo que iba a pasar. A lo mejor el mito es una advertencia a los profesores de que sirve de poco la acumulación de conocimientos sin dosis adecuadas de persuasión y capacidad de exposición. O puede que el mito sea el de ese punto de soledad o quizá locura que trae consigo la sabiduría, que sitúa al beneficiario donde los demás no pueden llegar a entender del todo. Lo cierto es que otra Cassandra, esta con dos eses según parece, fue el centro de un suceso tan cargado de advertencias como los augurios que la Casandra hija de Príamo se desesperaba por hacer creíbles a los troyanos. Y no debería haber salivazos divinos que nos distrajeran de esas advertencias.
Se habló mucho de libertad de expresión y no debería ser este un tema tan complicado. Esa libertad quiere decir que no sea delito expresar lo que uno quiera. El que revela una confidencia de otro a un tercero, porque este tercero es de su confianza, es un mentecato, porque guardar un secreto es exactamente no contarlo a la gente de tu confianza. Qué otra cosa iba a ser. De la misma manera, la libertad de expresión no se refiere a la expresión civilizada de cosas aceptables. Se refiere a que no sea delito decir lo que algunos o muchos pueden considerar estúpido, insultante o incivil. Qué otra cosa puede ser. La libertad de expresión consiste en la negación del derecho a no ser importunado, disgustado o abiertamente ofendido por lo que pueda decir un imbécil. En una democracia es legal ser idiota o ser incómodo. Y eso tampoco quiere decir que se tenga que permitir cualquier cosa en cualquier momento o lugar. No tiene por qué ser delito que alguien se desnude a la vista de otros, pero se puede impedir que una persona se desnude a la puerta de un colegio o en un funeral. El autobús de Hazteoír me pareció la infamia de unos tarados, pero no veo delito ni motivo para llevarlos al juzgado. Y a la vez, y no es lo mismo, veo lógico que, de grado o a la fuerza, se les impida dejar su baba mórbida a la puerta de los colegios. Claro que hay límites y se entiende la dificultad de principio, pero no la de la actuación. La actuación es muy simple: en caso de duda, permitir. Mientras los teóricos terminan de iluminar conceptualmente todos los supuestos, que sea legal todo lo dudoso.
Así nos evitamos gansadas como la de Cassandra. El que cree en la libertad de expresión tiene que aceptar la injusticia necia de esa condena. Y lo tiene que aceptar sin peros. No sé si Cassandra es una buena persona o un mal bicho, ni sé si es prudente o una aventada descerebrada. Y al que crea en la libertad de expresión debe importarle un comino. Sobran tantos otros tuits de la misma persona divulgados y tanta duda de si Cassandra es trigo limpio. Los derechos no se tienen por merecerlos. Si hay que elegir entre que Cassandra rentabilice su notoriedad con beneficios no merecidos o que los fachas que hicieron la ley mordaza consigan su propósito de meter miedo a hablar a los demás, no debería haber ninguna duda: que las dádivas a Cassandra sean pródigas hasta el empalago.
La intención y sesgo ideológico de la ley ya se notan viendo que Rafael Hernando puede escupir sobre familiares de víctimas de Franco como un dios en la boca de Casandra, mientras una asociación franquista puede llevar al juzgado a Wyoming por decir en un chiste que el Valle de los Caídos es una mierda. Pero lo entendemos mejor si recordamos que José María Izquierdo, esta vez en serio, en la SER y con máxima audiencia, no dijo que el Valle de los Caídos fuera una mierda, sino que era un insulto estético e ideológico y un delirio fascista. Y terminó diciendo: «Hay quien propone volarlo. ¿Alguna idea mejor?» Desconozco el grano fino de la trayectoria de este periodista, pero parece una persona culta que habla con independencia y profesionalidad robusta. Por eso no compensa zarandear a un personaje así, porque no hay camarilla asociada que se amedrente. Wyoming sí tiene un perfil reconocible de progre, de manera que, zangoloteando sus chistes por los juzgados, sí se presiona a gente de cierto tipo. Porque de eso se trata, no del Valle de los Caídos. Se trata de cumplir el propósito con el que se hizo la ley: zarandear a gente de cierto tipo.
Y no es la única advertencia de Cassandra. Son muy delicados todos los delitos relacionados con ofensas a símbolos y credos, odios o presuntas humillaciones. Los más fanáticos son siempre más proclives a sentirse ofendidos. Los censores franquistas estaban en un sinvivir, con tanta gente bailando o en traje de baño y con mujeres con pantalones. Los fanáticos sienten odio en su nuca sólo con que los demás respiren. ¿No estamos oyendo hablar de la dictadura feminista y LGBT? Por eso estas leyes tienden a poner la convivencia en el nivel de los fanáticos. Y en España eso encima supone un sesgo. En España no hay extrema izquierda, pero sí extrema derecha. Dejo esto sin desarrollar («hoy no toca», diría Pujol en los tiempos en que era Muy Honorable Señor).
Cassandra nos advierte también de nuestra desmemoria. Se le atribuye odio hacia alguien que «piensa diferente». Si alguien se refiere a los miembros de la extinta ETA como criminales, no se dice que esa sea una expresión de odio, porque no se suele entender que lo de ETA era simplemente una «opinión distinta». El tiro en la nuca no se integra en el debate público como una opinión más entre otras. Carrero Blanco era un criminal con altas responsabilidades en una dictadura cargada de crímenes. En la transición se hizo pasar por pragmatismo lo que fue impunidad y una desmemoria, esta sí humillante e injuriosa, con lo que había pasado en España. Por eso ahora la gente puede creer que el almirante era alguien con una «idea distinta», tan víctima de ETA como Miguel Ángel Blanco. Y eso enlaza con otra advertencia que viene con el caso. Tiene razón Pablo Iglesias: sobra ya el delito de apología del terrorismo. Ya no hay ETA y la amenaza yihadista es otra cosa. ETA anidaba en territorio nacional, tenía apoyo político y social en territorio nacional y había actividades internas que le daban sustento. ETA era un fenómeno interno, aquí tenía su estructura de reclutamiento, y el enaltecimiento de su actividad violenta era parte de esa actividad violenta. La amenaza yihadista viene de fuera, no tiene sustento aquí. No hay actividades públicas que la engrosen y le den vigor. Es un mal viento venido de otra parte que nos puede azotar en cualquier momento. Habrá aquí activistas, pero no arraigo ni apoyo social, ni actividad apologética pública y organizada que deba ser atajada. El delito de apología del terrorismo sólo sirve para denuncias estúpidas con fines espurios. La derecha está agitando el fiambre de ETA como si estuviera vivo para mantener vivo ese discurso victimista con el que quieren distraer de otras cosas, impostar altura moral y fingir que lo que los confronta con Zapatero, Iglesias o quien les plazca es la lucha contra el terrorismo. Pero tal discurso suena ya hace tiempo a psicofonía de difunto.

Y otra advertencia. Las reacciones hacia Cassandra tuvieron poco que ver con la sustancia de la sentencia. A La Razón o al ABC no les duelen ni les preocupan las mofas que se hagan de Carrero Blanco. En la vida pública española tiende a importar sólo quiénes son los míos. Por eso los defensores de la mordaza del PP truenan contra Cassandra. Por eso cierta izquierda la canoniza con precipitación. Y por eso el PSOE, invertebrado y sin rumbo, sólo acierta a decir que hay «cosas criticables». El sectarismo crece, se apodera de la percepción de las cosas y llena el pensamiento de arenilla. Y Cassandra nos lo está advirtiendo.