domingo, 22 de abril de 2018

Educación segregada. También por sexos

Abundan los cantores al capitalismo y su intrínseca perfección. Pero con el capitalismo pasa como con la inmortalidad que, como decía Borges, es una convicción rarísima. De hecho, las palabras que definen la esencia del capitalismo se refieren siempre a una parte de la población, nunca se dicen para todos, como sería el caso si se dijeran en serio. Cuando se habla de competitividad o eficiencia se habla siempre a los de abajo. La competitividad y la eficiencia se invocan para despidos, bajadas de salarios o mermas de los servicios públicos. Los grandes sólo compiten cuando no hay más remedio. Los grandes de verdad intentan siempre eludir la competencia. Prefieren tratar con los poderes públicos como decía aquel personaje de Chirbes, «se necesitan cere­moniales, ritos,saber […] cuándo tienes que seducir­,acariciarle la nuca a alguien, hablarle suavemente al oído, rozándole con los labios la oreja, cogerlo por los riñones, abra­zarlo, acariciarle los lomos, […] cuándo toca dejar caer una frase que sabes que se le ajusta al otro entre dos miedos y trabaja como una palanca […] conocer en qué punto una pizca más de presión quiebra el caparazón».Sin embargo, cuando se utiliza la palabra libertad, nunca se habla para los de abajo. Los cantos a la libertad siempre son para proteger intereses de las alturas. La enseñanza sabe mucho de esas cosas. Si oímos sostenibilidad o eficiencia, es que aumentará el número de alumnos por aula o desaparecerán desdobles de idiomas. Si oímos libertad, siempre habla el Opus, el obispado, el PP o la CONCAPA. Precisamente ellos, a quienes nada debe ninguna de nuestras libertades. Siempre es algún poderoso o representante de poderosos porque a ellos se dirige la palabra libertad, por hermosa que sea tal como está en el diccionario.
Y en nombre de esa libertad que no va en serio se vienen entregando cada vez más recursos públicos de la enseñanza a la Iglesia. Si no fuera por intereses ideológicos espurios, sería fácil convenir los límites o la conveniencia de la concertación de centros. Los límites son dos: no se puede emplear dinero público para desregular de hecho la educación; y no se puede emplear dinero público para que la educación intensifique la segregación social. Hay desregulación de hecho cuando no suceden las cosas como prevén las leyes. Hay segregación social cuando el sistema educativo no corrige las diferencias de oportunidades de quienes nacen en familias mejor y peor acomodadas. Si las leyes dicen que España es un estado laico en el que tenemos derecho a una educación de la máxima calidad ajena a dogmas religiosos, pues exactamente eso es lo que debe ocurrir y la obligación de los poderes públicos es que eso sea lo que ocurra. La segregación social, el hecho de que haya una correlación entre nivel de estudios y nivel económico o social, debe combatirse por tres motivos: porque es injusto social e individualmente; porque es ineficiente para el país; y porque es peligroso en sociedades con cada vez más mezcla de culturas porque se contribuiría a la creación de guetos. Quienes crean que tiene su función la concertación de centros no deberían tener problemas para aceptar estos dos límites obvios: que no se creen situaciones de hecho desreguladas y que el sistema educativo no cree segregación.
Pero la vocación de adoctrinar a través del sistema educativo es feroz. Se denunció, tal vez con razón pero desde luego con hipocresía, la voluntad del nacionalismo de adoctrinar en la escuela. Pero la hostilidad indisimulada del PP con la enseñanza pública y la desmesura con que fomentan y favorecen la enseñanza concertada no tiene más fundamento que la apetencia de que la Iglesia influya lo más posible en la enseñanza; es decir, el adoctrinamiento puro y simple. El soporte argumental es esa palabra que nunca se dice en serio para todos: la libertad, que se quiere confundir torticeramente con desregulación y falta de reglas, con no poner trabas a que los centros de la Iglesia puedan elegir el tipo de alumnos que quiere formar y los padres puedan elegir el tipo de compañías que quieren para sus hijos, todo ello a cargo del dinero de todos. Si hubiera alguna forma de enfocar civilizadamente la concertación de centros, desde luego no sería esta.
El Tribunal Constitucional dice que llevar la segregación a la segregación por sexos y que lo paguemos todos es constitucional. Las diferencias de criterio de estos tribunos según qué partido los haya puesto ahí siempre es sospechosa, pero no soy constitucionalista, puede ser que sea constitucional. Y seguro que sería constitucional una ley que obligara a que todos los hospitales se pintaran de color fucsia, lo que no quiere decir que sea razonable. La constitución pone límites y dentro de ella caben muchos disparates. El fallo del Tribunal Constitucional no pone razón ni sinrazón al disparate de que se paguen con fondos públicos colegios que segregan por sexo. El hoy embajador Wert, que sigue riéndose del país mientras se solaza en sus doradas canonjías, había dicho en su día que los países sajones tienen mucha tradición de separación por sexos. Las razones por las que los americanos tienen hasta universidades femeninas son muy variadas y algunas quieren ser progres: poner a las mujeres a salvo del efecto inhibidor del género socialmente dominante para que desarrollen su propia voz y personalidad sin esa compañía limitadora. Hay tradiciones para todo. Pero aquí en España es evidente que sólo segregan por sexo los colegios del Opus y otras sectas ultracatólicas. Es evidente que por eso es por lo que el embajador Wert hizo legal que se financiara a esos colegios fundamentalistas. Las razones por las que en España hay colegios que separan por sexos, ahora a cargo de todos, no tienen que ver con ningún dimorfismo cerebral de hombres y mujeres, ninguna diferencia de rendimiento acreditada, ni ninguna variación en el ritmo de desarrollo personal y emocional entre chicos y chicas.
Los motivos son prácticamente los que se leen en la encíclica de Pío XI “Divini illius magistri” de finales de los 20, con pocas modificaciones para la galería. Separan por sexos por dos tipos de razones. Por un lado, estas órdenes religiosas creen que el hombre y la mujer son distintos, tienen distinto papel en la sociedad y deben ser educados de manera diferente para esos papeles. Y en eso son francos: nunca se separaron grupos humanos con la intención de llevarlos al mismo sitio. Por otro lado, este tipo de católicos creen que la proximidad de chicos y chicas es en sí pecaminosa o al menos es occasio proxima peccatiy asegura mejor el recato y virtud su prudente separación. Todavía en estos días el Opus Dei propaló que las vestimentas y maneras de las chicas pueden ser la causa de agresiones. En documentos recientes se sigue insistiendo en el convencimiento eclesial de que la enseñanza es subsidiaria de la familia y la Iglesia. No puede sorprender que la Iglesia lo crea así. Ni tampoco que las leyes de todos y para todos dejen claro que la enseñanza no es subsidiaria de la Iglesia. Se preguntaba en la radio Miguel Presno si podría ser legal la existencia de colegios para blancos y para negros y si la segregación por sexos y la segregación por razas deberían tener distinto tratamiento legal. La pregunta es interesante. Pero incluso si admitimos la legalidad de centros que segreguen por sexos, por razones de tradición, el Estado tiene que estar tan lejos de la idea de que hombres y mujeres tienen cometidos distintos y que su proximidad es insana como lo está de que la enseñanza es subsidiaria de la Iglesia. Los adefesios de Cifuentes o Puigdemont están creando un ruido que no nos permite oír las tajadas de pasado que están agrietando nuestra convivencia. No basta con que la constitución permita que se pague a colegios retrógrados. Se necesitan ministros arrobándose ante la cabra de la legión cantando el novio de la muerte y banderas a media asta en Semana Santa para que la enseñanza se impregne de esa carcundia. Es difícil olvidar las palabras de Rubalcaba para entregar los votos socialistas a la formación de este Gobierno. Que le iban a sacar al PP las muelas sin anestesia, decía.

jueves, 12 de abril de 2018

Las siete y media de los pactos de estado (con rubia y reina al fondo)

Andamos sin presupuestos generales. Al cacareado pacto nacional por la educación sólo asisten ya PP y C’s. En realidad, cualquier pacto nacional sobre cualquier cosa será algo tan íntimo del PP y C’s que podrán hacer sus reuniones en catalán. No hay ni rastro de política. Los presupuestos saldrán adelante, pero de la peor forma posible. Al PNV no le gusta que lo vean con el PP y el 155. Cuando se forme gobierno en Cataluña, y se formará porque la actual exigua mayoría no quiere otras elecciones, se anulará el 155 y el PNV irá al Congreso a hacer caja. Porque así es el sistema que nos dimos: la foralidad le permite al País Vasco no cargar en sus cuentas con esos vecinos de ahí abajo menos prósperos y la ley electoral les permite que un puñado de votos les dé en el parlamento de ahí abajo muchos diputados para hacer caja (compárense los votos y escaños del PNV e IU e intenten explicárselo a su hijo de la ESO). La legislatura empezó enferma. Ganó sin mayoría un partido desacreditado, porque se prefería el mal olor a la intemperie. Y el partido líder de la oposición se desangraba regalándole la presidencia a cambio de nada.
Los pactos de estado necesitan buenos jugadores de las siete y media, que ni se pasen ni se queden cortos. Quedarse corto es afrontar el pacto con tan pocas ideas firmes o tan poco compromiso con ellas que el supuesto pacto sea un zoco donde sólo haya tácticas de tahúr o intereses particulares. El PNV y C’s se destacan en estas artes. Esperen a ver cómo y qué presupuestos generales pactarán. Pasarse en las siete y media es lo contrario, ir al pacto con tal firmeza en las posiciones propias, que lo que se ofrece a la otra parte es un órdago, o lo tomas o lo dejas. La legislatura empezó con un órdago. El aparato del PSOE prefería en la Moncloa a Rajoy que a Pedro Sánchez. El órdago de Rajoy era doble: a ver si os atrevéis a dejar a Pedro Sánchez pactar con Podemos; y a ver si os atrevéis a no investirme y cargar con el mochuelo de unas terceras elecciones. A continuación Rajoy se limitó a contrastarse con los rivales repitiendo unas pocas palabras que la gente quiere asociar con quien les gobierne: seriedad, sensatez, sentido común, solvencia, moderación.
Y en esas seguimos: Rajoy pasándose en las siete y media lanzando órdagos y repitiendo lo de seriedad, sensatez y sentido de estado. Una cosa es pretender pactos como Rivera, desnudos de moralidad y dispuestos a cualquier cosa y su contraria, y otra ir con actitudes tan radicales y petrificadas que la otra parte no tenga dónde sentarse. Veamos. El PP va camino de convertir la Semana Santa en una versión ibérica del desfile de los orangistas en Irlanda del Norte. En la Semana Santa hay un revoltijo desordenado de religión, tradición y fiesta. Pero el PP quiere que sea ya parte normal de esas fechas la provocación ultracatólica y la respuesta desgañitada en nombre del estado laico. Ahí tenemos las banderas del ejército a media asta por ardores fundamentalistas. Ahora cuatro ministros se unen al cotarro voceando el soy el novio de la muerte, como memos, llenando el país de caspa y olor a rancio. Justo el ambiente más acogedor para que luego salga Rajoy pidiendo sensatez y sentido de estado. El PP no tocó en nada ninguna de sus leyes más extremistas. La ley mordaza sigue metiendo a tuiteros en la cárcel y considerando delito la ofensa a la religión. La LOMCE está haciendo todo el daño a la enseñanza pública e intensificando toda la segregación social y de otro tipo para la que fue concebida. La hucha de las pensiones se fue vaciando de manera premeditada y ordenada y Rajoy ya nos dice que busquemos pensiones privadas. Ya habían recortado las becas (en ello siguen) y habían mascullado algo de créditos al estudio; es decir, que cedamos a la especulación bancaria nuestra formación y nuestra vejez, como si no fueran derechos tan explícitos en la Constitución como la unidad de España. Continúa el asalto desvergonzado a la independencia de la justicia. El 1 de octubre fue una fecha desdichada para España por la manera en que el PP, sin consultar ni acordar nada con nadie, desquició un referéndum ilegal que nadie se tomaba en serio, dio tribuna internacional a las calenturas nacionalistas y devaluó la imagen exterior de España. La actual sentencia del tribunal alemán muestra que la sinrazón nacionalista está siendo correspondida con una desmesura que busca nutriente electoral en las emociones negativas que suscita el caso catalán a cambio de dejar en ridículo a nuestro país.
El PP hace lo que le viene en gana y luego lanza el órdago de la sensatez y el sentido de estado. La táctica funciona, porque al PSOE le tiembla la voz cuando oye lo de sentido de estado. Pero con la actitud del PP cualquier pacto de estado o pacto presupuestario sólo puede ser un trágala. Al PSOE debe dejar de temblarle el pulso y hacer lo que a actitud del gobierno requiere: conflicto y confrontación. Exactamente por lo que dice Rajoy: por sensatez, por moderación y por sentido común. Quien haya oído a Ángel Gabilondo hablar de su próxima moción de censura habrá visto en él lo que acabo de decir: conflicto, confrontación, sensatez, moderación y sentido común, todo junto.
El poder es en el PP una escayola que lo mantiene con forma. Sin poder sería una desbandada desordenada. El vodevil de Cifuentes nos dibuja la situación general del país. La situación de Cifuentes une el ridículo a la desvergüenza de tantos otros episodios del PP. Y es más grave que la defenestración política de quien se hacía la graciosa haciendo que se hacía la rubia. Las falsificaciones de Cifuentes requieren profesores que firmen o falsifiquen firmas, autoridades que repartan falsificaciones y gente pidiendo a gente que falsifique. Sí está en entredicho la universidad pública española. No cabe pensar que el bochorno de Cifuentes sea un caso extravagante y aislado. La manera desordenada en que se quieren devaluar los grados y pasar el rango académico a los másteres hace temer el tipo de desregulación que los vivales necesitan para sus trapacerías. Podemos suponer razonablemente que esto de Cifuentes se hizo y se hace con más gente y que si no caen los profesores y autoridades implicadas en este sonrojo, otros no tendrán miedo y seguirá ocurriendo. ¿Hasta dónde llegó exactamente la desigualdad en España? ¿Hasta dónde el desprecio nunca antes visto del conocimiento y los méritos? Cifuentes nos recuerda que la situación política exige regeneración y, por tanto, confrontación y no armonía y pactos. Gabilondo está poniendo el rumbo y el tono que debería seguir el PSOE.
En un ambiente como el actual, no hay Jefatura de Estado que pudiera mover ningún hilo para enderezar pactos de estado o entendimientos convenientes. Hubo situaciones en que la monarquía perdió oportunidades de demostrar alguna utilidad. Pero no podemos dejar de anotar la brecha que hay entre los asuntos de la realeza y los de la realidad. Si tuviéramos que resumir en tres palabras la actualidad del día, estas serían Cifuentes, Puigdemont y Letizia. Mientras la cuestión catalana pudre convivencia e instituciones y se abre una importante crisis política, una reina anda estirando el pescuezo para salir en la foto y la otra se interpone para sacarla de la historia. Seguro que había importantes cuestiones de principio en el pescuezo de una y el atolondramiento de otra. Xosé Luis Barreiro recordó con buen juicio que la razón principal para que haya monarquía en una democracia es la pereza. Tal vez Letizia debe recordar que su marido es Rey porque tiene las cualidades óptimas para serlo: ser hijo de Juan Carlos y Sofía, y que no hay más principios implicados en el asunto que la alternativa republicana. O tal vez deberían entre todos recordar que una de las funciones del Rey no elegido es ser la cara y avatar del país, el gesto en el que se reconozca la nación. Las dos reinas peleando por la foto al lado de los caretos de Cifuentes y Puigdemont indican como digo la distancia entre esta realeza y esta realidad nuestra.

Sin política y sin ley

 [«Yo... he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán... en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir».
Con Dalia Álvarez Molina se fueron bellezas y memorias que no se creerían. Creo que la palabra que más me repitió su padre cuando nos saludábamos fue «siempre». Querida amiga. Es hora de seguir.]
Los alemanes discuten sobre si extraditar o no a Puigdemont. Las banderas del ejército están a media asta por un fanatismo religioso tan inconstitucional como la proclamación de la República Catalana. Cuatro ministros cantan con la legión «Soy el novio de la muerte», haciendo un ridículo comparable al de un ex-presidente catalán que anduviera por el mundo dando lecciones de derechos humanos. Nuestro presidente autonómico llena su agenda para no coincidir con «su» líder Pedro Sánchez y así recordarnos, además de que él está prácticamente de okupa en la presidencia llariega, que el PSOE está roto y que con él está rota la política nacional. El país es lo que está a media asta.
La situación de Cataluña sigue bombeando impurezas. El PP sigue sin política y los nacionalistas siguen sin ley. El gobierno que habla en nombre de la ley es una banda que aúna delitos continuados con injerencias constantes en el sistema judicial. Y los nacionalistas que hablan en nombre de la política dan muestras diarias de un sectarismo sin precedentes, de sustitución de las instituciones por situaciones de hecho proclamadas a la brava y de marrullerías que pomposamente quieren hacer pasar por estrategias políticas.
El discurso del Gobierno gira siempre en torno al imperio de la ley. Y ahí se juntan todas las mezquindades que caben en política. Hay falsedad: el Ministro de Justicia anduvo removiendo la Fiscalía General del Estado para poner al frente de Anticorrupción a un cómplice de la banda; el partido que gobierna rompió ordenadores que le requería el juez; preside el Gobierno alguien que cobró dinero robado; tiene un Ministerio de Interior implicado en espionaje político y en corruptelas de viviendas; practican un clientelismo asfixiante en el sistema judicial. Hay abuso: no se trata de si los nacionalistas están quebrando la ley; es que se les están aplicando leyes previstas para alzamientos militares armados, se les está atribuyendo riesgo de fuga a unos por el hecho de que otros se fugaran y se están llevando al disparate y a la caza de brujas las conductas que se pueden entender como de colaboración con el delito (si los mossos que escoltaban a Puigdemont son encubridores, ¿qué es la jerarquía eclesiástica que oculta crímenes de pederastia y se limita a trasladar a otro sitio a los sacerdotes culpables?). Hay demagogia y manipulación: como en otros temas, no se trata de si ciertas conductas son de mal gusto, inaceptables, sectarias o miserables; se trata de si deben ser legales o no, y en una sociedad civilizada ser un mezquino, ser sucio, malhablado, mala persona o torticero no es estar fuera de la ley; el Gobierno pretende que cualquier perturbación sea una quiebra de la ley; en las tribunas catalanas se oyen y se leen cosas desnortadas y hasta odiosas pero que no pueden ser ilegales en ningún país normal. Hay irresponsabilidad: el Gobierno maneja la cuestión catalana considerando los beneficios que puede sacar de las emociones negativas que irradie el problema al resto de España; y así crispada, como nos ocurriría a todos individualmente, España es menos de lo que es. Un compendio de miserias políticas.
Si es una ofensa al sentido común pretender que el problema de Cataluña es el imperio de la ley, no menos grotesco es que los nacionalistas crean que no hay ley ni jueces ni más justicia que la que emana de su ardor patrio. Se oyen disparates como que es más importante la gente que la ley (el tipo de frases masticadas que Guardiola repite simulando pensamiento) o que los derechos políticos de los electos van por delante de la ley. Cuánto estorba la ley a los que tuvieron la revelación de alguna unidad de destino en lo universal. Aún recuerdo cuando Arzallus decía que el País Vasco era parte de España porque lo decía la ley, es decir, por la fuerza de las armas. Y cuánto estorba a quienes roban sin escrúpulo. Roger Torrent debería recordar que esa matraca suya de que tiene que defender los derechos políticos de los parlamentarios ya la oímos con más grosería y menos circunspección, pero con el mismo contenido, en Valencia. Cada vez que ganaba el PP, desde Rita Barberá hasta Carlos Fabra nos decían que el pueblo había decretado su inocencia. Los nacionalistas que reclaman al ancho mundo más política y menos ley son ellos mismos un pésimo testimonio de lo que reclaman. Sólo puede producir tristeza y preocupación ese ensimismamiento por el que se creen con derecho a ignorar de manera tan tajante a la mitad del parlamento que representa a la mitad de Cataluña.
La foto fija de España es deplorable. El independentismo catalán, por la desmesura del Gobierno, es ya un problema instalado en la política internacional. Que estén en la cárcel todos los líderes independentistas es una tragedia. Y la ley no obliga a esto. Ni mucho menos. Felipe VI, después de los desmanes de Juan Carlos I, parece empeñado en demostrar la inutilidad de la Corona. Un Jefe de Estado no elegido y vitalicio tiene que tener necesariamente limitadas sus opciones de expresión e intervención en las confrontaciones políticas. Pero el valor simbólico que se atribuye a una figura así le confiere una gran capacidad para normalizar situaciones y crear espacios de encuentros. Por ejemplo, quién mejor que el Rey para recibir a representantes LGBT y proyectar al país la normalidad de lo que es normal (aunque truenen las tripas bajas del obispado). Y quién mejor que el Rey para convocar a quienes irresponsablemente se niegan a hablar sobre Cataluña. Cómo hubieran podido en su día negarse a acudir a la llamada real Rajoy, Puigdemont y quien procediese. En lugar de eso, inicia su reinado al lado del extremista señor Rouco Varela para que suelte su veneno a los cuatro vientos. Y el 4 de octubre ante la situación catalana sólo supo añadir crispación. Y además quedarse sin balas. Después de aquello, ¿qué intervención cabe ya de la Corona en este asunto? Si ahora se repite el desafío bravucón independentista, ¿qué mensaje le queda al Rey? Repetir lo mismo sería ridículo. Suavizar parecería debilidad. Y dar un paso más … sería el estado de excepción. Sólo puede hacer una cosa: nada. Como dije, mostrar la inutilidad de la institución que encarna.
El error del Rey no es exclusivo de él. Nadie en la vida pública parece entender que los representantes tienen más valor por lo que precisamente representan que por lo que son en sí. Es poco importante la estupidez de Puigdemont o el extravío de Junqueras. Lo importante es que están ahí porque media Cataluña quiere la independencia. Ni se puede caricaturizar al votante del PP, ni ignorar la indignación que está detrás del apoyo a Podemos, ni tratar a media Cataluña como gente montuna y sin derechos. El político que no soporte a Puigdemont o a Arrimadas o le repugne el careto de Pablo Iglesias simplemente que se vaya de la política y deje sitio a alguien capacitado. La cuestión catalana es ya difícil de reconducir y el daño de imagen y convivencia es irreparable. El ascenso anunciado de C’s es preocupante. No por lo que sea este partido, que es un partido de derechas como cualquier otro. Lo preocupante es que los sentimientos negativos y frentistas sobre Cataluña hayan afincado de tal manera, que a ellos se reduzca el momento político. Un beneficio colateral impagable de las movilizaciones feminista y de pensionistas es el de dirigir la mirada pública hacia la realidad y distraernos de los demonios emocionales. Falta hace. Cuando se hacen visibles los retales que quedan de Alfonso Guerra o Ibarra es que el nivel de las aguas del buen juicio bajó mucho.

jueves, 29 de marzo de 2018

La rubia, la mentira y la postverdad

En mi instituto había un estudiante que tenía quince dioptrías de miopía y libró la mili por pies planos. Y Al Capone acabó en la cárcel por no pagar impuestos. A veces la normalidad no encuentra el camino más recto y se cuela por una rendija inesperada para que las cosas efectivamente sean normales. Puede que Cifuentes esté a punto de caer y puede que el PP se caiga con ella de Madrid. El PP de Madrid vino actuando por décadas como una banda, con verdaderos rufianes de baja estofa al frente. La corrupción alcanzó niveles de saqueo y hasta de crueldad. Lo normal es que la banda caiga y desaparezca de las instituciones capitalinas. Esa normalidad bramaba contra algún portón que la contenía con un ruido sordo, pero no acababa de romper. Y acabó colándose por una rendija menor, nada menos que el boletín de notas de Cifuentes, la que según testimonio propio se hacía la rubia, y de tanto hacerse la rubia, en el peor momento posible se comportó como tal y añadió más desvarío a lo que ya era un sainete. Igual ahora es cuando cae. Rivera anda con la lengua fuera buscando culos poderosos que lamer y todo dependerá de qué le digan que haga.
Merece una reflexión cuál fue verdaderamente el pecado de Cristina Cifuentes (digo «fue» porque de Cifuentes apetece ya hablar en pasado). Ni la suya fue la peor falta conocida en el PP madrileño y no madrileño, ni su mentira fue más gorda que otras mentiras ni la grosería con que se está sosteniendo su patraña está siendo más desvergonzada que otras. Cifuentes no caerá por corrupta (aunque falsificar su título es corrupción), ni por mentirosa (aunque sus explicaciones sean una sarta de embustes). Cifuentes caerá por cutre, por mentir sin seguir las pautas de la postverdad, es decir, de las mentiras que encajan bien en ese desdén hacia los hechos que la gente fue desarrollando, como recordó hace poco Chomsky. Las mentiras pueden funcionar ante hechos palmarios que las desmienten si circulan en un discurso más amplio que las arrastre y las envuelva, como se arrastran esos grumos de Cola Cao mal disueltos en la leche fría. Lo mejor es que el relato tenga elementos verdaderos e infecciosos, que parezcan ser la cuestión principal. Ahí podemos meter cualquier mentira, por evidentes que sean los hechos, y la gente se beberá el relato y se tragará la mentira como se traga los grumos de Cola Cao. Hace poco escribió Vargas Llosa sobre el feminismo y la literatura. Dos lumbreras habían colgado en la página de un sindicato que la enseñanza en igualdad requería quitar las lecturas de Neruda, Marías y Reverte, por ejemplo, por misóginos o no sé qué historias. Vargas Llosa subraya la necedad de la propuesta. Ahí tiene su verdad infecciosa. Tiene tanta razón, que acaba uno su artículo repitiéndose que cuánta razón tiene. Pero la afirmación principal del escrito es que la literatura está en trance de desaparición por culpa del feminismo. No sé qué culpas tendrá el feminismo, pero sí sé, cualquiera sabe, que la literatura no está desapareciendo. La falsedad palmaria se traga porque fue convenientemente ahogada en un relato que encaja con el tipo de cosas en las que la gente se reafirma con facilidad.
Rajoy lleva años mintiendo a diario. Mintió en todo. Y la mayoría de las veces no negó que mintiera. Que los hechos muestren que alguien mintió pone al mentiroso en una situación difícil. Y ahí es donde enlaza con su relato de sacrificio. Cuando está en ese momento difícil del mentiroso, presenta la dificultad de su momento como un sacrificio que repetirá cuantas veces lo requiera la responsabilidad de su tarea y la gravedad la situación. En cuanto se juntan sacrificio, responsabilidad y situación difícil tiene ya el relato que vende con éxito. Un ejemplo más tuvo lugar con la moción de censura que Unidos Podemos puso en la Comunidad de Madrid. Fue pocos días antes de la que pusieron al Gobierno de la nación. En las mociones de censura Podemos estuvo francamente bien. Estuvo bien en la iniciativa y estuvieron bien en los parlamentos: fueron claros, firmes y severos sin ser lenguaraces o faltones. En la Comunidad de Madrid el PP se comportó como una panda de quinquis. Vocearon, patalearon, se marcharon riéndose de los ponentes, insultaron como bocazas llamando pederastas y lo que se les ocurría a sus adversarios. Una pandillona de barrio parecieron. Al día siguiente Rajoy salió circunspecto diciendo que España no estaba para radicales deslenguados y que se necesitaba seriedad y responsabilidad. Los hechos habían sido palmarios, pero el relato de la seriedad frente al populismo desordenado se lleva por delante los hechos que están delante de las narices.
Este fue el problema de Cifuentes. Mentir sin relato, falsificar sin el envoltorio de un discurso que engrase prejuicios. Es lo que diferencia a la mentira de la postverdad: la mentira es la falsedad que no funciona contra los hechos. Falsificar un expediente académico es una cutrez insoluble en ningún relato político, un grumo que se atraganta a cualquiera. Y para mayor mal, a Cifuentes le salieron defensores empeñados en hacerse las rubias. Cospedal soltó la payasada de turno. Cuando abre la bocaza Cospedal, consigue ponernos a todos la cara de aquel Mariano del añorado Forges que exclamaba «¡cielo santo!» cuando se le soltaba la faja a Concha en el autobús. Y lo peor es el papel de rubia del Rector y profesores implicados. Primero aseguran en nombre de la institución que todo es falso y sólo después abren una investigación a ver qué pasó. Una nota no se modifica de un acta cerrada si no hay una diligencia tramitada por el profesor de la asignatura. Lo sé porque me pasó a mí. El Rector no hubiera tenido más que mostrar esa diligencia, que forma parte del acta, y ya estaba todo arreglado. Y un Trabajo Fin de Máster no es un papel o volumen que se pueda traspapelar. Hay copias informáticas muy fáciles de encontrar. Pero sobre todo hay un repositorio en el que figuran los títulos, autores y resúmenes de todos los TFMs, a los que se puede acceder muy fácil. Ponga el lector en Google “Universidad de Oviedo repositorio TFM” y verá lo fácil que es ver qué TFMs se leyeron y de quién son. Se ve que no había diligencia ni TFM que mostrar.

Lo del Rector y los profesores abre ya otra cuestión. La banca es un sector muy intervenido por los poderes públicos (y más debería serlo) por la razón evidente de que allí es donde está nuestro dinero. La pequeña polémica que hubo hace unos meses sobre la homeopatía me recordó que, efectivamente, también en la universidad se depositan cosas nuestras. La universidad custodia conocimientos y los transmite, y es la referencia que la gente tiene de lo que son conocimientos fiables y los que son magias y esoterismos. Eso entre otras cosas. Por eso, un banquero puede cometer un delito si arruina a un banco. Y habría que plantearse si un Rector también. Un Rector puede hacer una gestión buena o mala. Pero no se puede convertir a una universidad en una comedia bufa, no puede ser que una universidad, con los recursos y profesionales dignos de tal institución, provoque risas y codazos cómplices cuando se pronuncia su nombre, sólo porque tenga unas autoridades que la ponen en ridículo. Ya tuvieron un Rector que plagiaba, ya hicieron catedrático a Marhuenda porque sí, ya hicieron deambular parientes de todo Cristo convirtiéndola en un antro de nepotismo. Ahora falsifican un título para Cifuentes. Y el Rector primero la defiende y luego investiga. Empieza mintiendo y todo hace temer que vengan mentiras peores. Como en un banco, dentro de esa universidad hay algo nuestro y de nuestra incumbencia. Debería recuperar su respetabilidad echando ya a sus dirigentes, si es posible a patadas. Y que la Asamblea de Madrid deje de hacerse la rubia y eche a Cifuentes y a toda la banda cuanto antes. Si no es por corrupción e indignidad, que al menos sea por cutres.

lunes, 19 de marzo de 2018

Castigos y merecimientos. Cadena perpetua y mequetrefes desencadenados

Hay gente que merece la muerte. Sólo por autoengaño o pereza se puede repetir la monserga de que nadie merece morir. Pero tenemos toda la razón los que no queremos en ningún supuesto la pena de muerte. Hay individuos que cumplen sesenta y cinco años y que siempre fueron malas personas y no merecen la solidaridad de nadie. Pero tenemos toda la razón los que apoyamos esta movilización de pensionistas que exige que todos podamos encarar la última madurez y la vejez con recursos dignos. Pero no se exige esto porque creamos que todo el mundo lo merece. Como no merece atención sanitaria un desalmado que entra pegando tiros en una escuela y resulta malherido por la policía. Y tenemos razón en atenderlo y curarlo, pero no porque lo merezca. Nuestros servicios públicos y nuestro sistema penal no están concebidos para que cada uno se lleve lo que merece. Ni tampoco extendemos la capa de civilización a quien se ganó nuestra repulsa porque queramos ser buenos y misericordiosos. Lo que hacemos con los sistemas de protección y con los castigos por los delitos es moldear nuestra convivencia, tomar la sociedad como si fuera plastilina y darle la forma en la que nos gusta vivir. Reprimimos las conductas intolerables con la fuerza y la cárcel. Como una sociedad organizada siempre es más fuerte que los delincuentes, puede elegir la forma en que reprime las conductas indigeribles. La represión no se discute y no falta en ninguna sociedad civilizada. La elección es si arrinconamos al crimen de manera que lo normal sea vivir al margen de su sordidez o si ponemos tan en primer plano la infamia del acto criminal que tengamos la roña de su inmoralidad en nuestra vida corriente y en nuestro ánimo. Y lo que hacemos es lo que nos conviene y lo que nos hace mejores, con independencia de lo que merezca el infame. A un niño que pega a otros, rompe cosas y chilla para desquiciarnos no le aplicamos toda la fuerza que tenemos, pero no sólo porque sea un niño y pueda no merecerlo. Es que no es así como queremos vivir, no nos hace falta para controlar al niño díscolo estar todos los días en ese estado infeliz en el que quieres dar puñetazos. No lo necesitamos, tenemos fuerza de sobra para hacer otras cosas. Y hasta para tener compasión e intentar que aprenda otra conducta. Con los niños siempre. Puede que con la asesina de Gabriel no, puede que con otros adultos sí. Como digo, la fortaleza de las sociedades civilizadas permite la represión y la consideración de todas las posibilidades, incluidas las más benignas y desde luego incluida la posibilidad de que el rencor, el miedo, el dolor o la ira que acompañan al crimen sean materias con las que traten profesionales (jueces, policías, servicios sociales, …) y no la materia de la convivencia ordinaria.
Cuesta sacar algo positivo de la miserable sesión parlamentaria sobre la cadena perpetua, salvo el resultado de la votación. No hay gráficas en las que quepa la bajeza moral del PP. C’s se va acreditando como un partido perfecta y esféricamente inmoral. Pero no es ese el principio ni el foco de la historia. No se puede encarar la vileza mostrada por las derechas más que desde convicciones básicas y firmes. Y no las vi en la izquierda que votó contra la cadena perpetua. El ingrediente principal del fango con el que el PP quiere llenarnos de mierda era la impúdica presencia de los padres de víctimas de crímenes horrendos y conmovedores, como Diana Quer o Mari Luz Cortés, con el pequeño Gabriel casi de cuerpo presente. El PP quiere que el desgarro de las víctimas y la extrema maldad de la asesina estén tan en primer plano que en nuestro ánimo no quepa más que lo que merece la canalla y nos olvidemos de cómo queremos que sea nuestra sociedad. Y la izquierda no mantuvo ante la mirada dolida y severa los padres de las víctimas la entereza y asertividad que nuestra convivencia reclamaba. Se permitieron salir del hemiciclo con unos azotes en el culo y una lección infligida. El PSOE ahora quiere marear la perdiz, quiere derogar la cadena perpetua pero que la derogación no llegue nunca. Podemos bajó la mirada ante los padres y musitó que a lo mejor podía hacerse un referéndum sobre esto. Es decir, lo más parecido a un linchamiento: tenemos a estos infames, pueblo, qué hacemos con ellos. Y no es que las ideas en Podemos, y espero que en el PSOE, no estén claras.
Faltó presencia, afirmación y altura. El dedo de los padres nos señala, nos exige y nos imputa complicidad con el mal o falta de empatía con el bien. Respetuosamente: el padre de Diana Quer no era mejor que yo antes de que muriera su hija; respetuosamente: después de que muriera tampoco; tiene derecho al dolor y a la ira, tiene mi solidaridad y mi acompañamiento en el llanto, y hasta tiene mi comprensión de su debilidad si me insulta;  pero, respetuosamente, no tiene mi inferioridad moral ni cívica. Sigue sin ser mejor que yo. Alguien en el hemiciclo debería haber hablado a la nación respetuosamente y con firmeza mirando a los ojos de las víctimas con entereza. No se puede convertir la solidaridad con las víctimas en un gimoteo melindroso deshabitado de principios.
El PP tiene razón, desde luego, en que nuestro código penal es demasiado blando. ¿No estaba por allí, con lo ojos inyectados de ira, Fernández Maíllo, a quien no se puede investigar porque los delitos que se le imputaron en Caja España habían prescrito, de tanto que se tarda en investigar a un aforado? La ruina de las Cajas fue un saqueo inmisericorde al país. ¿Cómo es que nuestras leyes dejan que esos delitos prescriban? ¿Qué tal vive Rodrigo Rato? ¿Sigue en peligro, como dijo Jorge Fernández para justificar que se pasease por el Ministerio del Interior como si no estuviera imputado por delitos espantosos? ¿No piden a gritos el endurecimiento de las leyes la presencia en el senado de Pilar Barreiro o las regalías en que se solaza Federico Trillo, aquel que jugaba a pinto pinto gorgorito con los restos de nuestros militares y las bolsas que deberían identificarlos para sus familias?
Recordaba estos días, con datos precisos, Javier Fernández Teruelo que España es un país con pocos homicidios, menos que los envidiados países nórdicos, y sin embargo tenemos más población reclusa que la mayoría de Europa. Tenemos un código muy duro para una criminalidad muy baja. Recuerda también este jurista que el horror de Gabriel no es nuevo, siempre hubo asesinatos de niños, pero ahora menos que nunca. El PP no quiere la cadena perpetua (los periodistas deberían imponerse el sano hábito de contar las cosas con sus propias palabras, y no las de los interesados: ni las extorsiones de ETA eran un impuesto revolucionario, ni la amnistía fiscal fue un afloramiento de activos ocultos, ni la cadena perpetua es una prisión permanente revisable) porque haya problemas nuevos ni más graves que aconsejen un cambio llamativo. Acumuló tanto fango en estas décadas que ahora nos quiere enmerdar a todos con sus miserias. La experiencia catalana parece haber ratificado a C’s que no hay calamidad que no venga cargada de oportunidades. La manera desvergonzada con que cambia de criterio según sople el aire (qué ridículo resultó Rivera el día después de la manifestación feminista) revela su falta de escrúpulos y su inmoralidad. Lo que hubiera hecho este chico si le hubieran tocado los tiempos de ETA.

La sociedad española perdió un asalto. Los basureros llenaron de basura el hemiciclo, los informativos y nuestras conversaciones. Los que resistían en el barco de la civilización no mantuvieron el tipo y bajaron la mirada. Respetuosamente y con firmeza, mirando a los ojos de las víctimas, el código penal es como todo lo demás: la forma en que modelamos la sociedad en que queremos vivir. Respetuosamente, tienen nuestra solidaridad, pero no nuestra inferioridad ni moral ni intelectual.