lunes, 12 de febrero de 2018

CIS melancólico

El último sondeo del CIS pasó por la actualidad como escabulléndose. Hablaron de él los analistas pero apenas los políticos por una razón obvia: no hubo buenas noticias para nadie, lo que implica que tampoco fueron desastrosas para nadie. Una melancolía sin tragedia.
El PP sigue bajando pasito a pasito, a pesar del 155 y las mesas repartiendo banderas rojigualdas. La hostilidad independentista había creado un estado emocional propicio para que rugiera la palabra «España» como una prolongada onomatopeya que no dejara oír a los jueces detallar el volumen de los delitos y golferías continuadas del PP. Pero cuando Rajoy se quiso instalar en una patria grande y libre se encontró con que Rivera ya estaba alli y le había birlado la unidad de destino en lo universal. Rajoy es un político demasiado desacreditado para protagonizar un golpe de efecto. Sigue en la Presidencia por pura suerte. La sensación de parálisis y consunción que dio tras las elecciones de diciembre no era táctica. Si no hubiera habido en el PSOE una quinta columna trabajando para él, si Pablo Iglesias se hubiera ahorrado un par de episodios y si Sánchez hubiera sido sólo un poco más listo, se hubiera formado un gobierno de izquierdas y el PP se habría convertido ya en una chatarrería donde C’s estaría escarbando buscando piezas utilizables a buen precio. Sin el poder, con ese cuarto de distancia que marca todo el mundo con quien pierde el mando, el PP tendrá que enfrentarse a sus diferencias internas, a su pasado y al sálvese quien pueda cuando empiecen a menudear Costas y Correas arrepentidos. Lo sostiene en el poder la incapacidad de una izquierda que lo sigue dejando como único refugio de la sensatez. Pero el voto sensato y tranquilo tiene ya donde guarecerse. El PP confía ahora en sacar réditos de crispaciones emocionales populistas. Por eso desatan una campaña para ampliar la cadena perpetua inflamando al público con la cólera de las víctimas. Por eso vuelven a sobreactuar con los símbolos nacionales y quieren llenar las escuelas con ditirambos al ejército. Por eso en Asturias desquician la oficialidad del asturiano delirando quiméricas conspiraciones separatistas y alucinando furiosas coacciones y violencias de cómic.
Pero el sondeo es melancólico, no trágico. El PP sigue siendo el partido más votado. Los efectos de sus leyes siguen rampantes: salarios menguantes con beneficios crecientes, encarcelamientos por apologías de ETA sin ETA, pleitesía hacia la Iglesia para no cometer delito de odio, prescripción en cadena de los delitos de corrupción y en las escuelas menos filosofía, más religión y ahora además instrucción militar. Son el partido más votado, hacen lo que les da la gana, mantienen sus leyes extremistas y el PSOE los apoya a cambio de nada cada vez que quieren aparentar sentido de estado. No todo va mal para el PP.
El sondeo pone al PSOE en tierra de nadie. No tiene ninguna combinación para formar gobierno. Ni con Podemos ni con C’s. Y una coalición con el PP, con la fragmentación actual del voto, ya no sería una gran coalición a la alemana. Si lo que dice el sondeo fuera el resultado de las elecciones, Pedro Sánchez estaría en los pasillos mareado sin saber a quién pedir cita. El PSOE necesita un discurso propio, claro y reconocible. Sus continuos apoyos al PP en lo que cree cuestiones de Estado y el ninguneo que recibe a cambio lo hacen una fuerza inaudible. El sondeo muestra que las bajadas de Podemos no hacen subir al PSOE. Y el CIS muestra otras dos cosas: que en realidad Podemos resiste y que C’s empieza a quitarle votos por la franja moderada.
C’s se benefició del hartazgo de todo el mundo con las continuas estridencias independentistas. Rivera es bien visto por los apoyos del PP y puede llegar a electores moderados a los que no llega el PP. Tiene pocas posibilidades de meter la pata porque no tiene poder en ningún sitio. Basta con que Inés Arrimadas hable lo menos posible. Cuando habla, no sólo exhibe su poca consistencia, sino que nos hace temer antes de tiempo que C’s es de derechas. El sondeo también es melancólico con Rivera. Se suponía que era ya la fuerza más votada, pero El CIS dice que le saca muy poco a Podemos y que sigue lejos del PP. No es seguro que quede más agua electoral que sacar del pozo de Cataluña. Sólo pueden confiar en que los jueces sigan demoliendo al PP.
Podemos tiene también un mensaje agridulce. Se confirma que baja, pero que resiste. Y además no parece que nadie le esté quitando votos. Su descenso alivia al PSOE pero sólo porque no le está quitando votos, no porque el PSOE se los esté quitando a ellos. Podemos sigue teniendo una posibilidad de crecimiento en el espacio que perdió porque ese espacio no lo ocupó nadie. Pablo Iglesias tuvo ya muy notables intervenciones parlamentarias, pero en momentos clave tendió a la sobreactuación. Sobreactuó en su perfil crítico, hasta mentarle a Sánchez la cal viva de otros. Sobreactuó en su perfil conciliador hasta la condescendencia. La cordialidad que mostró con el PSOE en la moción de censura le beneficia, pero la condescendencia que mostró otras veces se percibe siempre como autosuficiencia. Sobreactuó también su perfil provocador con la pantomima de aquel gobierno del que él iba a ser el vicepresidente o aquel Tramabús que dejó de circular. Pablo Iglesias suele ser eficaz en sus intervenciones. El problema es que sus sobreactuaciones suceden en momentos muy relevantes, en los que justo hay que escribir con buena letra sin salirse de los renglones por arriba o por abajo. A Podemos lo desdibujó el conflicto catalán, no sólo por la debilidad de su mensaje en ese conflicto, sino porque el ruido de las naciones apagó el interés por las cuestiones sociales y de regeneración democrática que son el discurso natural y distintivo de Podemos. A este respecto Podemos tiene que aprender a modular sus mensajes y reducirlos a lo que sea relevante en cada coyuntura. No se puede soltar siempre todo lo que se piensa, no porque haya que ocultar, sino porque los mensajes de más y a destiempo crean ruido y distraen. Por ejemplo, por discutible que sea, Podemos puede querer un referéndum en Cataluña. Si la mitad de la población quiere la independencia y más del ochenta por ciento quiere un referéndum decir que el referéndum no es una posibilidad es hablar por hablar. Pero no se puede dar prioridad a ningún referéndum cuando la situación se desquicia con un Parlament en el monte, vivas a repúblicas inexistentes y policías golpeando sin sentido. Otro ejemplo. Podemos quiere acordar con C’s un cambio en la ley electoral perfectamente atinado. Pero introducir el voto a los 16 años en este complicado asunto es llamativo y distrae de lo fundamental. Podemos puede tener sus razones para pensar que eso es lo justo. Pero no se puede meter en las negociaciones el lote completo del pensamiento propio hasta hacerlo una pieza inmanejable en el juego de acuerdos y cesiones. Todo lo que se añada a lo fundamental es ruido y distracción. Por lo mismo, Irene Montero tendrá sus razones para pensar que «portavozas» es un neologismo conveniente, pero esa idea suya acaparó titulares y comentarios y por unos días hace más difícil que Podemos consiga atención sobre otras cuestiones de regeneración y política social. No salirse de las líneas y adelgazar los mensajes para centrar la atención en lo que importa son algunas de las maneras a las que tiene que aplicarse Podemos para rellenar su propio espacio. Y buena falta hace que lo consiga.

El sondeo del CIS indica que hay partido. Todos están a tiempo de acercarse a lo que pretenden, pero todos están sin margen. En unos meses deberán moverse algunos banquillos y algunas poltronas.

jueves, 1 de febrero de 2018

Nadie. Algunas instrucciones para ser moderado

«Amigos, Nadie me mata con engaño y no con sus propias fuerzas» (Homero, La Odisea).
Ulises se las arregló para no ser nadie cuando ser nadie distraía la atención de los cíclopes y dejaban abandonado a Polifemo. Ulises consiguió no ser nadie de la única manera en que se puede hacer tal cosa: con trampa y engaño. Así Rivera se fue haciendo nadie en la vida pública. Aznar pregona la inutilidad del PP y elogia las cualidades relevantes de Rivera. Felipe González dice también que no se siente representado por ningún líder, lo que quiere decir que no se siente representado por Sánchez. Y dice que no habla con Sánchez, pero sí con Rivera, lo que quiere decir que por ahí van los tiros para que él se sienta representado. Todo esto podría parecer deserción o deslealtad con el partido. Pero tratándose de Rivera no parece que traiciones a tu partido con nadie ni parece que hables con nadie. Y por eso hablar con él y no hacerlo con Sánchez es sólo ejercer de referente del partido y provocar que Javier Fernández riña a Sánchez por no cuidar a los referentes del partido. Así es como se llega a interlocutor de González y hombre de Aznar, siendo nadie, haciendo como que apoyar a C’s no es una toma de postura. El propio Sánchez quiso en su momento aparentar que su pacto con C’s era con nadie y que Podemos lo apoyase sin miramientos.
Rivera pone los límites del sistema en la moderación, que consiste en no hacer ruido, como se logra no hacer ruido en nuestras sociedades: no rozando con los poderosos, así sean banqueros u obispos. Y dentro de esos límites pretendió ser nadie como los inmortales de Borges, que ninguno era nadie porque cada uno era todos los hombres. Dentro de sus límites del sistema él es todos los políticos, socialdemócratas y liberales, católicos y agnósticos, y lo veremos en todos los sitios de bien, así sean pactos antiterroristas o excursiones a Venezuela con selfies con opositores políticos y recuerdos de niños pobres. Rivera es como la vocal schwa del inglés, la vocal neutra a la que todas las vocales se aproximan cuando se relajan. Él quiere ser el político al que se aproximan los demás cuando van destiñéndose y renunciando a programas. Todo esto no quiere decir que siempre quiera ser nadie. Él, como Ulises, en realidad sí es alguien.
Rivera ejemplifica canónicamente la moderación. La moderación se cultiva siguiendo dos reglas sencillas con el lenguaje y las maneras. El lenguaje debe ser áspero y bronco para señalar a las fuerzas que queden fuera del sistema. Y debe ser sensible, cómplice y esforzado para predicar y aplicar la pérdida de derechos que pretende la cada vez más insaciable clase alta. La primera regla es una característica paradójica de la moderación. La moderación, en la política y en las costumbres, debe ser radical hacia lo que queda fuera de lo correcto. Cuanta menos importancia dé uno a la homosexualidad de su hijo, menos moderado es. Quien no protesta por un acto de Femen o habla de sanidad con un separatista no puede ser moderado. La moderación implica exclusión radical de lo incorrecto. Y lo incorrecto no es sólo lo que esté fuera del sistema, sino lo que desde dentro del sistema provoque enfrentamiento con sectores poderosos. Fuera del sistema está un grupo terrorista; un grupo independentista no necesariamente; y desde luego no están fuera del sistema IU o Podemos. Pero estos últimos pueden estar dispuestos a crear conflicto con la Corona, o la Iglesia, o la Banca. Se puede crear conflicto con trabajadores y pensionistas y ser percibido como moderado, pero provocar roces con la Corona o la Conferencia Episcopal hace demasiado ruido como para parecer moderado. Así que los moderados sueltan sus modales más hoscos y menos dialogantes allí donde predican que están defendiendo los límites del sistema, en esa frontera donde las ideas tienen que ser claras a base de simples. Por eso Rivera sí es alguien para excluir enérgicamente cualquier acuerdo con Podemos o nacionalistas. Y en esa dirección presionarán siempre al PSOE. El PSOE puede ser más transigente para tratar con Podemos o para intentar integrar a la mitad separatista de dos comunidades autónomas. Y los moderados, los centristas radicales, atizarán al PSOE como si esa transigencia fuera una debilidad o una incoherencia. Y el PSOE suele acabar haciendo lo que haya que hacer para que los moderados no lo echen de la moderación.
Es necesario fijarse en que la moderación política no tiene nada que ver con la radicalidad o templanza de ideas y ni siquiera con la honestidad o el respeto a la ley. Es notable, por ejemplo, que nuestro presidente llariego Javier Fernández, que suele hablar poco pero mal, haya propalado por la prensa su contento por el retorno de Pedro Sánchez al entendimiento con Rajoy. A medida que los juicios van poniendo negro sobre blanco los saqueos y golferías de todo lo que rodea a Rajoy, incluyendo su propio nombre en algún papel apestoso, el sentido común dice que ninguna persona de bien debería sentarse donde llegue el hedor de tanta desvergüenza. Pero Fernández cree que el país necesita el entendimiento de los partidos moderados para las grandes cosas. Y no es que él no abomine de la corrupción, pero no cree que eso excluya del sistema a un partido. Él fue uno de los artífices del desgarro del PSOE para que no gobernara con un pacto de izquierdas, porque el izquierdismo sí te saca del sistema. La moderación tiene que ver con el trato que se tenga con los poderosos, no con la templanza, la honestidad y la ley.

La otra regla de la moderación es el lenguaje compasivo y comprometido para el recorte de derechos. El sistema es cada vez más insolidario porque los más poderosos no quieren contribuir con su parte. Los partidos mejor dispuestos para gestionar una sociedad desigual no nos dirán que nos quitarán la sanidad o los estudios de nuestros hijos. Al menos no los moderados. Los brutos y ramplones como Aznar sí lo dicen, porque parte de su mediocridad consiste en sentirse poderoso siendo inmisericorde. Pero los moderados dirán que quieren hacer «sostenibles» los servicios. La manera de mermar nuestros derechos es rebajar el nivel de aquello que se universaliza y hacer pagar niveles de atención pública que hoy consideramos derechos. Por ejemplo, se garantiza la educación para todos, pero sólo la obligatoria. A partir de ahí, empezamos a considerar la formación una excelencia que no tienen por qué pagarnos los demás. La Universidad, que en Alemania es casi regalada, aquí ya va al bolsillo de cada uno. En esos niveles Rivera quiere que haya «copago» (a la palabreja le sobra la primera sílaba). Y los másteres son ya abiertamente un lujo, algo como una casita en la playa nos decía Susana Díaz henchida de moderación. Se están vaciando las atribuciones profesionales de los grados. Hay una fuerte presión para reducirlos y que se acentúe su insuficiencia formativa. Se trasladan las atribuciones profesionales a los másteres y la presión es a que se traslade a ellos el peso de la formación superior. Y a la vez se nos dice que son un lujo que cada cual debe pagarse. La idea no es quitarnos los servicios, sino devaluar la parte de ellos a la que todo el mundo tiene acceso. La desigualdad se acentuará cuando no todo el mundo pueda acceder a los niveles mayores de formación o atención sanitaria. Todo esto se completa señalando como clase alta a la gente que gana tres mil euros al mes. Para el que gana seiscientos es fácil aceptar que eso es clase alta. A esa gente se le mantienen impuestos muy altos y después se le dirá que ellos tienen que pagar los servicios porque pueden. Ese es el vaciamiento de la clase media, la pérdida del bienestar y la cada vez mayor desprotección de la clase baja (la educación es sólo un ejemplo; los datos que deja Rajoy son devastadores). Lean con lupa el programa de C’s y las entrelíneas de la parte del PSOE que tiene frío lejos de Rajoy y se hiela en la izquierda. Que no nos cieguen las apariencias. Rivera es alguien y pactar con C’s es una toma de postura para muchas cosas. Sólo parece nadie como lo parecía Ulises. Con trampas y engaños.

domingo, 21 de enero de 2018

El laboratorio de las cien francesas

Si no fuera un texto hecho de palabras, deberíamos meter en formol el famoso alegato de Catherine Deneuve y otras 99 francesas, guardarlo en un frasco y ponerlo en un laboratorio para hacer prácticas. En nuestras sociedades no se pueden aplicar métodos despóticos demasiado directos y groseros. Estos son tiempos de persuasión y engaño, donde se debe conseguir del pueblo identificación y resignación. La democracia formal mantiene a la gente suficientemente identificada con el sistema. El convencimiento de que hay cosas que están por encima de nuestras capacidades y las de nuestros gobernantes mantiene la resignación. Por eso se utilizan relatos, posverdades, ocultaciones y toda forma de manipulación más que actos de fuerza directos. Y de ahí que el manifiesto de las cien francesas sea casi una pieza de laboratorio para observar la manera en que se nos está tratando. El mensaje del manifiesto es machista, pero eso no lo hace especialmente interesante ni siquiera para ser señalado por su, digamos, «incorrección». Todos los días se oyen cosas que rechinan en el buen juicio o el buen gusto. Lo interesante es que el manifiesto no dice mentiras directas (la mentira directa no incluye juicios equivocados; que Segovia es la capital de España es una mentira; que los españoles tienden al desorden es un juicio equivocado). El manifiesto deforma algunos aspectos de la situación de la mujer y tergiversa la reacción feminista. Pero no dice mentiras. La mentira es de gran valor para las manipulaciones, pero es arriesgada. Si te pillan en una mentira, ya parece que mentiste en todo lo demás (que nadie se engañe pensando que Rajoy miente con descaro y que ahí está; Rajoy es un político desacreditado, lo que lo mantiene en el poder no es su buena reputación). Es mejor distorsionar acumulando verdades bien elegidas.
La verdad tiene muy buen cartel ético y por eso parece que cuando decimos algo verdadero no podemos estar haciendo algo malo. Pero la verdad engaña muchas veces. Engaña cuando lo verdadero es una excepción a la que se da el mismo peso que a la norma. Quizá sea verdad que alguien haya utilizado el dinero de su beca para operarse las tetas. Pero esta verdad es irrelevante por excepcional y no sirve para justificar la retirada de tantas becas. En el manifiesto se dice que con tanta obsesión por el acoso sexual ya se llega a pretender la retirada de un cuadro de Balthus del Met de N. York o a la censura de imágenes de Egon Schiele en metros europeos. Que nuevel mil personas pidan la retirada del cuadro de Balthus es pura anécdota. Se juntan nueve mil firmas para las causas más peregrinas y ni al cuadro de Balthus le pasa nada ni hay indicio de que los grandes museos vayan a censurar nada. Esa verdad es una anécdota que distorsiona el asunto del que se habla. El pudor por el que se retiran imágenes de Schiele de algunos metros es verdad, pero no tiene nada que ver con el hartazgo que muchas mujeres expresan por las situaciones de acoso habituales. Las verdades irrelevantes engañan, porque inducen un percepción equivocada de las situaciones o bien distraen de lo esencial.
Las verdad también engaña cuando pretende que lo que es verdad de los casos aislados lo sea de su reiteración. Una persona que fume una vez en una boda un cigarrillo no se hace ningún daño. Eso es verdad. Pero si fuma varios cigarrillos todos los días sí tiene un problema. La verdad de que un cigarro no hace daño sólo sirve para inducir el error de que fumar no hace daño. En el manifiesto de las francesas se mencionan errores menores como tocar la rodilla a una mujer, algún beso no solicitado, expresiones sexuales o cualquier forma de acercamiento torpe o inoportuno. Catherine Millet amplía esta idea después diciendo que ninguna mujer va a quedar traumatizada porque le toquen el culo en el autobús. Todo es verdad, tan verdad como que nadie daña la capa de ozono por usar una vez un aerosol y tan verdad como que fumar un cigarrillo no hace ningún daño. El problema es la acumulación, que cada vez que te subas al autobús tengas que estar pendiente de que no te toquen el culo un día tras otro. El problema es que cualquier mujer joven que salga los sábados por la noche con sus amigos tenga que volver siempre acompañada porque siempre es más que probable que haya quien se permita licencias físicas. El problema es que te tantee y te toque la rodilla todos los días el mismo jefe. El acoso no suele ser un acto violento directo (aunque también). La gravedad de los acosos está en la acumulación sofocante de abusos de poca monta. Lo que hace complicado legislar y atajar el llamado «bullying» es precisamente que consiste en actos feos, pero legales y de poca intensidad, que alcanzan un grado elevado de violencia por acumulación.
Curiosamente la verdad también distorsiona cuando es una obviedad. El manifiesto dice: «La violación es un crimen. Pero el coqueteo insistente o torpe no es un crimen, ni la galantería es una agresión machista». ¿Quién puede negar esas evidencias? Nadie habla para decir obviedades y por eso cuando las oímos intentamos buscar a las palabras algún sentido más allá de la obviedad. En este caso el sentido nos lleva a la falacia del hombre de paja: a argumentar contra lo que nadie dice. Perorar estas obviedades es atribuir su negación a los manifiestos contra los abusos y acosos sexuales.  Nadie dice que sea una agresión el cortejo. Todo el mundo sabe que el acercamiento erótico o romántico incluye el tanteo (y tonteo). Y nadie piensa que los plastas o los maleducados sean delincuentes. Pero en situaciones donde hay jerarquía, inferioridad o dominio ningún tanteo es sólo tonteo. Si quien escribe estas líneas le pone la mano en la rodilla a una de sus alumnas, le toca el culo o le dice alguna graciosada gruesa, no estaría siendo galante ni estaría coqueteando con insistencia o torpeza. Salvo que ella hubiera dado muestras de aceptación, estaría cometiendo un abuso en toda regla. No digamos si el varón galante puede decidir darle o no un papel en una película o dejarle o no cruzar una frontera en situación de huida.
Y, cómo no, junto con verdades desorientadoras, el manifiesto contiene también mentiras. Siempre puede haber alguna excepción, pero la norma es que no hay varones linchados por haber puesto la mano en la rodilla de alguien hace veinte años. Esos pobres varones hicieron más que eso. Y la norma es que son las chicas las que tienen que volver a casa acompañadas, de tanto galante que hay dispuesto a coquetear con insistencia o torpeza.

Como dije al principio, conviene retener de este caso los aspectos que lo trascienden. Las injusticias no se defienden ya desde la trinchera de la injusticia, salvo radicales simiescos. Las injusticias, de género o de cualquier tipo, se defienden concentrando la atención en la manera en que los perjudicados protestan o se defienden de ellas. Se tergiversan los propósitos de ofendidos y víctimas, se asimila su protesta a un discurso cargantemente correcto o puritano, se toman las excepciones como normas, se aíslan casos sueltos para ocultar el fenómeno general y se construye así un discurso que se pretende incorrecto, fresco y rebelde, que en realidad es rebeldía contra el débil, es decir, defensa del fuerte. Las post – causas, y el post – machismo entre ellas, se pueden sostener por intereses de quienes están en posición de poder o ventaja, o porque sin estarlo caemos en esa falta de compromiso por la que preferimos culpar a las víctimas que el camino más incómodo de la denuncia y la rebeldía auténtica. Lo que hace interesante este manifiesto es que nos muestra el tipo de estrategias de propaganda con el que se nos arrebatan nuestros derechos y nuestras libertades. Porque ahora para eso no se utiliza ya la fuerza. La democracia ahora se encoge como decía Padme en Star Wars: con un estruendoso aplauso.