domingo, 19 de marzo de 2017

La socialdemocracia en el álgebra política

En algunas operaciones algebraicas hay un número neutro, que deja intacto al número que opere con él; y un número absorbente, que es él el que permanece siempre intacto, sea cual sea el número que opere con él. El número 1 es el neutro de la multiplicación y el 0 el absorbente, por ejemplo. Un lenguaje apropiado para algunos lances actuales. Las elecciones de Holanda subrayan dos tendencias que no deberían despacharse con simplezas: la desconfianza hacia la política europea y el hundimiento de la socialdemocracia. Las dos pulsiones se perciben en más países. Las dos son incómodas y para las dos se propone la misma simpleza: es el populismo, ese peligro confuso que crea desafección con Europa y que asfixia las propuestas ilustradas y equilibradas de la socialdemocracia. Lo mismo da Le Pen que Tsipras: si se duelen de Europa y se desesperan del partido socialdemócrata de turno son lo mismo. No hay oposición a la política europea, por la derecha o por la izquierda, que no sea manifestación de ese populismo tan proteico. Y no hay hartazgo izquierdista de la socialdemocracia que no caiga en ese batiburrillo. Como si no hubiera pensamiento civilizado que pudiera ser desacorde con la política europea y no hubiera actitud progresista sensata que oponer a la práctica de los partidos socialdemócratas. Una consecuencia no menor de la confusión es que se oscurece lo que son algunas cosas que deberían estar siempre claras: el partido holandés que alarmó a toda Europa no es populista, es un partido fascista. Eso es lo relevante y lo que en Europa debe emitir resonancias históricas nítidas. La etiqueta de populista es pura propaganda para untar la palabra de veneno y tenerla lista como arma para otras pendencias aprovechando que de puro vacía se puede aplicar a cualquier cosa. Cuando oigamos la palabra «populista» o sus derivados tenemos muchas posibilidades de estar escuchando a un tombolero.
La socialdemocracia no pasa apuros por incompetencia, sino por irrelevancia. Los tiempos del dinero se mueven a distinto ritmo que los ritmos electorales en que cabe la soberanía popular. Los procesos de globalización se mueven también ámbitos distintos de aquel en el que se viene ejerciendo esa soberanía, el estado–nación. Cada vez más decisiones se toman en ámbitos ajenos a los que la gente puede sancionar con su voto y en plazos imposibles para cualquier escrutinio democrático. Un seguimiento somero de la actualidad deja ver que cada vez hay podemos elegir menos aspectos de la forma en que nos gobiernan. O lo que es lo mismo, aquellos a quienes podemos votar tienen menos margen para hacer unas cosas u otras. La democracia se redujo y así decayeron derechos y bienestar. Los partidos conservadores se encuentran cómodos en esa sociedad más estratificada que siempre buscaron. Los partidos socialdemócratas están más desorientados. Su ideario choca con estas tendencias, pero están demasiado asentados en instituciones y en nichos oligárquicos como para incubar la rebeldía a la que debería incitar su propia ideología. El juego de complicidades y enredos de estos partidos que estuvieron muchas veces en la pomada hace que arrastren demasiada morralla consigo como para transmitir los mensajes o actitudes ideológicamente coherentes. Se mantienen cómplices dentro de este sistema más despótico y menos igualitario, con lo que se desfiguran como partidos socialdemócratas.
Eso los convierte en el elemento neutro de cualquier combinación de partidos, en España de manera especialmente acusada. Una parte del PSOE teme que el entendimiento con el PP los diluya en él y deje todo el campo a Podemos. Otra parte teme entenderse con Podemos, porque esta fuerza podría «fagocitarlos». Da la sensación de que PP con PSOE da PP; y que PSOE con Podemos da Podemos. Siempre como el 1 de la multiplicación. Por eso hay tanta injerencia interesada en estas primarias, sobre todo ahora que Susana Díaz anunció que anunciaría su candidatura (otra bobada propagandística de cucharón). Los periódicos y columnistas conservadores elevan a Díaz a la categoría de necesidad histórica. El País, activamente involucrado en las cosas internas del PSOE con tanto entusiasmo como falta de profesionalidad, babea artículos y editoriales sobre la candidata y guarda silencio sobre el soldado Sánchez. A Patxi López no hace falta silenciarlo, él mismo es inaudible. Los medios más progresistas se despachan en críticas o rechiflas contra Susana Díaz y cruzan los dedos por Pedro Sánchez. Todo depende de qué pretenda cada cual multiplicar por 1, si al PP o a Podemos.
Al PSOE le cuesta hacer oír un discurso propio que no se disuelva tan fácil en discursos ajenos por esta falta de identidad de los socialdemócratas, que tienen un sistema que proteger que ya no es el sistema que toleraba sus ideas; un pasado y unos asentamientos en pesebres del sistema de los que no pueden desprenderse; y, como contrapunto, una ideología sentida por la militancia que choca con la deriva de ese sistema. A poco que se le presione desde su propio credo socialdemócrata (por ejemplo cuando Podemos plantea que la televisión pública deje de emitir misas y no digamos si les diera por achuchar con la enseñanza concertada o la corrupción de la monarquía) el PSOE se retuerce como aquel personaje de Cortázar que intentaba ponerse un jersey que se le enredaba y tras contorsiones angustiosas y enloquecidas dejaba de controlar las partes de su cuerpo y podía ser atacado por su propia mano. Entre un sistema que se encoge y deja fuera su ideario, unas prácticas que lo ligan a las canonjías y miserias de ese sistema y un pasado que lo cubre de ruido y confusión, al PSOE y a los socialdemócratas europeos les pueden atacar sus propias ideas como le puede atacar a uno su propia mano en una confusión límite.

La reacción autoafirmativa está siendo intelectualmente pobre. Abundan artículos que quieren hacer pasar la desorientación por tolerancia y actitud de diálogo. Y se afanan en aquilatar principios indiscutibles que no son de aplicación, como el valor de la negociación y de la flexibilidad. Si alguien pide socorro desde un despacho cerrado, no se puede pasar de largo y abundar en las razones por las que hay que respetar el mobiliario y no andar rompiendo puertas. No es ese el principio de aplicación. La Comisión Europea dice que el 13% de los españoles que trabajan son pobres (imagínense los muchos que no trabajan); que el 28% de la población está al borde de la pobreza; que los trabajos son tan precarios que, con menos salario, está sin embargo bajando la productividad; que los recortes disminuyeron la protección de la población; y que, con todo, España sigue igual de vulnerable e inestable ante cualquier traspiés de los mercados. Rajoy llama a todo esto reformas y dice que no negociará su modificación. ¿De verdad el principio de aplicación al caso es esa flexibilidad? ¿No piden los hechos un «no» contundente a esta gestión? Mariano Rajoy está dispuesto a ser el elemento absorbente de cualquier combinación y mantenerse idéntico a sí mismo, sea quien sea quien hable con él. Él ganó las elecciones, dice y dicen los guardianes del régimen, y tiene derecho a ser el cero de la multiplicación, de manera que Rivera por Rajoy dé Rajoy y Rivera por PSOE por Rajoy dé Rajoy. Y quien no quiera se ganará editoriales y artículos que los situarán en la trinchera del no y un montón de argumentos de desecho sobre principios obvios que no son de aplicación. El planchazo parlamentario del decreto de la estiba demostró a tanto profeta de los males del populismo que es Rajoy es el que lleva años inflexible, asilvestrado y atrincherado; porque este revés sólo hace visible lo que lleva años sucediendo. Y PSOE y Podemos mejor retenían las palabras que José María Izquierdo dedicó a la izquierda en la SER: «votar unidos unos y otros en ciertas ocasiones no causa sarpullidos, ahogos ni alteraciones graves de la salud. Es más: permite respirar a pleno pulmón.»

sábado, 11 de marzo de 2017

El ruido y Podemos

Diré dos cosas desconectadas para luego conectarlas. La primera es que, como cualquiera, siempre intento no sentirme un tonto útil (lo que en la izquierda no es tan fácil). El tonto útil  es el que expresa con alto concepto de sí mismo sus opiniones de manera insobornable, pero no ve cuándo su voz no se oye y sólo se confunde en un griterío ajeno y hace el juego a intereses que no son los suyos. Por ejemplo, cuando apareció la asignatura de Educación para la Ciudadanía, yo arrugué la cara. Me parecía que en las materias básicas se iba con la lengua fuera porque había materias prescindibles y que esta era otro adorno más. La Iglesia desató una campaña contra esta materia en la que pretendió hacer pasar por sesgo ideológico lo que eran contenidos democráticos básicos sobre la igualdad y dignidad de todos; y pretendió que sólo ella tenía legitimidad natural para el adoctrinamiento moral en las aulas. Pura caverna. En tal contexto, hubiera callado mis reticencias sobre la asignatura, porque me hubiera sentido un tonto útil de la oscura campaña eclesiástica. Hubiera sido como aplaudir en el Nou Camp después del 6-1 con todos los culés, pero imaginando que mi aplauso en particular iba para Verratti y no para el Barça.
La segunda cosa es que siempre desconfié de las reacciones viscerales y ruidosas porque las suelo percibir como el rubor de quien se pone colorado: un índice involuntario de algo que querrían ocultar. Por ejemplo, hace un tiempo que aparecen escritos en los que se doblan las desinencias de género (los famosos –os/–as) o se ponen arrobas. No tiene nada de raro que haya escritos en los que se argumente contra esta práctica. Pero, cuando más que argumentar, desenvainan la espada de Alatriste en nombre de todos los oprimidos de la Tierra que heroicamente siguen usando el masculino genérico, tanta indignación me hace sentir que el problema del opinante no era gramatical. Si le lloran los ojos y le salen granos por leer arrobas es que le duele algo más que la gramática.
Dicho esto, ya puedo añadir que a veces me gustaría hablar mal de Podemos en esta columna y no autocensurarme. Me gustaría decir a mis anchas que está bien que una persona normal entre en una tienda y compre jamón de York. Pero si esa persona graba el lance en un vídeo y pone en off una voz diciendo de sí misma que es gente normal comprando jamón de York, todo deja de ser normal. Pero la reacción hacia Podemos tuvo siempre ese desquiciamiento que me lleva a la desconfianza y a la sospecha. La vaguedad del populismo, concepto él mismo confuso y populista, ya permitió asimilar a Podemos con Venezuela, con Trump, con Cuba, con el Brexit, con Le Pen, con Tsipras, con Corea o con Mussolini. No es que unos lo relacionen con Trump y otros con Tsipras; es que un mismo individuo puede estar convencido de todo a la vez. Esta semana Areces mezcló a Podemos con Trump y Vargas Llosa con ETA. Los oigo hablar y me vienen las palabras burlonas de Jep Gambardella: «¡Cuántas certezas, Estefanía!». Con tal desmesura, cuesta distinguir en qué punto lo que uno pueda decir de Podemos se disuelve en este griterío zafio y ajeno.
El contexto ya es de por sí ruidoso. El periodismo fue una profesión muy castigada por despidos y condiciones cada vez más precarias (enseguida pasará con la enseñanza). El deterioro en la forma de tratar y divulgar la información es evidente. Además el Algoritmo de la red social (con mayúscula en señal de respeto) hace que sólo veamos a quienes piensan como nosotros y cuando la gente pasa demasiado tiempo entre iguales, las ideas se convierten en piedras, los razonamientos en rutinas trilladas y las conductas en espasmos. Los grupos de opinión son ahora filosos y cortantes.
El comunicado de la APM sobre el acoso de Podemos a periodistas llega con el ruido que rodea a los morados. El comunicado me provoca reticencias en la menor, pero también en la mayor; y más aún el estruendo subsiguiente. En la menor, porque suenan mal las palabras acoso y amenaza sin datos. El comunicado insta a los periodistas a «que resistan» y dice que sólo una prensa «sin miedo» puede controlar al poder. ¿Por qué no va a decir Vargas Llosa que Podemos es como ETA? Con tanta vaguedad, el comunicado da pie a todo.
También tengo problemas con la mayor. Es normal y, léase esto con generosidad, bueno que haya malos modos de políticos con la prensa. Alguien de este periódico, con motivo de una cierta disputa política, me dijo que las dos partes le habían reprochado su información. «Algo debemos estar haciendo bien», añadió. Efectivamente, no es que sea bueno que haya destemplanzas y ordinariez. Pero es bueno como síntoma. Es muy saludable que el tratamiento profesional de la información y su divulgación sean una preocupación para los políticos y son esperables las groserías. Como en el caso de los árbitros o los jueces, eso va en el sueldo. ¿Son insultos, mofas tuiteras y ofensas cargantes de lo que estamos hablando? Si es así, es normal que la APM ampare contra vejaciones gratuitas y también que no demos especial importancia al roce. ¿O hablamos de bombas, como sugiere Vargas Llosa? Leyendo el comunicado podemos pensar igual en bocazas maleducados que en activistas violentos. El nombre de Podemos sale en este comunicado siete veces, en una de las cuales se aclara que es el partido encabezado por Pablo Iglesias. Cuando el PP en tromba dijo que a Rita Barberá la había matado la prensa, el comunicado de la APM sólo nombra dos veces al PP y ninguna a Rajoy, a pesar de que aquí, y no en Podemos, sí está el poder.
Todo esto tendría menos importancia si no fuera por la barahúnda informativa que vino después y que entra en esta histeria tan sospechosa sobre Podemos. La APM silenció muchos ataques y acosos a periodistas, pero no todos. Publicó un comunicado hace un año reprobando la actitud de Cebrián hacia la Sexta y Eldiario. En ese comunicado no se habla de insultos. Se habla de despidos y represalias (recuérdese la patada a Ignacio Escobar). Decía Jabois que los insultos o amenazas de groseros maleducados molestan, pero no dan miedo al periodista. Pero la amenaza de despido desde dentro sí da miedo. Las maniobras de Cebrián señaladas por la APM son de las que dan miedo y, por tanto, de las que sí amenazan la libertad de expresión e independencia informativa. Pero ni Areces, ni Vargas Llosa, ni demás predicadores vieron ahí a ETA ni a Trump, ni hubo tanto barullo. Vimos no hace tanto tiempo caer tres directores de periódico en una semana (La Vanguardia, El Mundo y El País). Vimos el giro de línea editorial en El País, tras charlar Cebrián con Soraya. Escuchamos a Esperanza Aguirre tronar contra la Sexta y exigir que les aprieten las tuercas. Pero a la democracia la ponen en peligro algunos tuiteros morados. ¡Desde las tribunas de Cebrián y desde las bancadas del PP! De nuevo, la desmesura sospechosa.

La grosería de los diputados de Podemos, si tal es el caso, merece denuncia, como todo lo que hace chirriar la convivencia, pero en sus términos. Los típicos curas de pueblo eran muy cargantes relacionando todo el rato aspectos menores de la conducta con grandes preceptos (con la Iglesia y los toros me pasó algo parecido; antes de tener moral o ideología sobre ellos, ya me aburrían). Estos plomazos de editoriales y columnas que se están despachando sobre las grandes cosas (libertad, democracia) a propósito de lo que como mucho parece mala educación son como los sermones de los curas de antes, pero con esa exageración que apenas oculta intereses espurios. Dice el tópico que los hablantes de euskera los tacos los dicen en castellano. Un castellano parlante sólo oye retahílas ininteligibles, salpicadas cada tanto por «hostias» o «joder». En la defensa de la información libre la mención a los «políticos» es como un murmullo continuo, en el que sólo chisporrotea, como bichos en una lámpara insecticida o tacos en una cháchara en euskera, el nombre de Podemos. Demasiado ruido. No me fío.

sábado, 4 de marzo de 2017

Se hacen oír desde dentro. Religión y democracia otra vez

Nadie reconoce su propia voz la primera vez que la oye grabada. Cuando hablamos, además de por el aire, nuestra voz nos llega al oído interno desde dentro, propagada a través de los huesos y ciertos tejidos de la cabeza. Nos llega con resonancias bajas que por el aire se pierden y así la oímos con más cuerpo. Nuestra voz grabada nos parece desangelada y nos decepciona. En este caso lo que nos llega de dentro mejora las cosas. Pero no siempre es así. Cuando una ciudad es destruida, lo que emerge de su interior son las ratas y la basura. Cuando se retira la carne de nuestras manos al morir, se dejan ver más la uñas, como si siguieran creciendo. Mucha gente repudió el dichoso autobús de los fachas de Hazteoír e hicieron votos por que no se considerase delito lo que es carcundia y estupidez, es decir, parte del precio que cuesta la libertad de expresión. Pero muchas de estas reflexiones llegaron con cierta inocencia, cuando creen que grupos tan mohosos y tan de churre son restos de otras épocas en sus últimos castañeteos. En realidad la voz de esos que quieren hacer oír su odio y que de buena gana no nos dejarían hacernos oír a los demás no es murmullo residual que venga de fuera. Es parte de esas resonancias internas que nos llegan desde las entretelas de nuestra sociedad. Y no siempre lo que viene de dentro es grato.
El odio es pudoroso y no quiere ser reconocido como odio. Por eso no se suele expresar denigrando directamente al grupo odiado, sino poniendo en valor y protegiendo a quienes están fuera de él, para que la agresión pase por legítima y desamparada defensa. Steve Bannon no menosprecia a los negros ni Trump odia a los mexicanos. El primero protege a los blancos y el segundo vela por los norteamericanos. Y Hazteoír sólo protege la familia católica. Dicen. Nunca entendí de qué manera la estructura familiar de mi casa, más vista que el tebeo, puede verse alterada porque alguno de mis vecinos tenga con otra persona de su sexo el mismo tipo de apaños que tengo yo con mi mujer. No defienden mi casa. Odian a mis vecinos. El partido que gobierna en España declaró de utilidad pública a esta asociación precisamente por su odio hacia grupos reconocibles de nuestros compatriotas y por la actividad que busca su segregación. A sus manifestaciones acude José María Aznar y algunos de los que gobernaron con él y siguen en libertad sin cargos. Esa misma fibra de odio impregna la actividad más visible de la Iglesia y se extiende a los colegios que el propio Estado les concierta y les paga. La del autocar no es una voz residual de otros tiempos ni que venga de «desiertos remotos» o «lejanas montañas». Puede ser estridente que esta vez llevaran el veneno a la puerta de los colegios, pero lo que oímos esta semana es un componente habitual del tono de nuestra sociedad, de ese que llega desde dentro.
Los sistemas de análisis de la opinión pública son muy sofisticados y muy eficaces. Uno de ellos es el que consiste en formar los llamados grupos de debate, donde se juntan personas elegidas por su interés estadístico con un profesional que sacará temas de discusión y moderará la conversación. Una de las formas de sacar todo el jugo de lo que realmente hay en la mente y el alma de la gente es que algunos de esos grupos sean de gente homogénea en su pensamiento. Es cuando mejor se despachan y más a fondo llegan de lo que sienten. Si alguien cree que llamar odio al autobús o a buena parte de la actividad de la Iglesia es destemplado, traten de imaginar por un momento a diez o veinte personas de las que podrían verse en manifestaciones antiabortistas o contra el matrimonio homosexual. Traten de imaginarlos a solas despachándose a gusto en la comodidad de la complicidad y la coincidencia. Es seguro que su imaginación los llevó hasta el lenguaje grueso del menosprecio y el odio.
Este autobús nos obliga a recordarnos el abecé de la libertad de expresión. Sabemos que tal derecho comporta la obligación de oír a indeseables y también sabemos que ese derecho tiene el límite al menos de proteger a los más vulnerables. No parece que se pueda decir o hacer cualquier cosa a la puerta de un colegio. Pero nos obliga también a recordarnos lo fina y resbaladiza que es la lámina en que se mueve la conducta civilizada y políticamente democrática con las religiones. Es evidente que el encaje de la emoción religiosa en la democracia es ineludible, pero delicado. La conducta inducida por la religión es en buena parte compulsiva y emotiva. Esto no es malo. Es bueno que parte de nuestra conducta sea así, que nos partamos el alma por un hijo sin que la razón intervenga o que el sentimiento nacional movilice ciertos resortes de altruismo compulsivo. Pero quien está en el trance de la compulsión o emoción nos provoca una sensación compleja sobre su persona y conducta, en parte de debilidad y en parte de trascendencia que nos induce un respeto o tolerancia especial con respecto a quienes no están en esa situación. Si alguien declina comer el filete que le ofrecemos porque contraviene su religión o porque es vegano, sentimos ese impulso de respeto que no sentiríamos si otra persona hace el mismo rechazo simplemente porque no le gusta o no le apetece. La religión o el veganismo hace que sintamos su conducta debida a razones más trascendentes que el momento y que sintamos también esa conducta como una debilidad en el sujeto, como si no tuviera libertad para hacer otra cosa y esa falta de opción lo disculpara. Por lo mismo, la intuición nos dice que la quiebra emocional que un creyente siente cuando se mancillan sus símbolos es mayor que la que sentiría un militante si se hiciera escarnio de los de su partido político. A la vez todos intuimos que ese respeto puede convertirse en una trinchera de impunidad para agredir la condición de otras personas y su conducta, como si el hecho mismo de discutir contra quien habla desde un credo compulsivo fuera por definición una de esas mancillas agresivas contra su credo. Por eso digo que la lámina de la corrección es fina.
El respeto debido a un credo religioso es del mismo paño que el respeto que debemos a la familia de alguien o a su país. Se puede sentir legítimo daño porque se escarnezca a nuestro hijo, a nuestro país o, por qué no, a nuestro credo religioso. Pero el bien de nuestros hijos no hace respetable el nepotismo, el robo y la corrupción en su favor; el bien de la patria no puede ser la razón de bombardeos preventivos, muros u otros oprobios; y el respeto a la religión, por ese punto compulsivo que lo asemeja a la emoción familiar o nacional, no puede dar dignidad natural a odios ni a actividades políticas partidarias que se quieren hacer pasar por pastorales aprovechando la vulnerabilidad de la (buena) fe de los creyentes.

Es evidente que algo pasa en las democracias, algo hay en nuestro modelo que está en retroceso. Como la carne de las manos tras la muerte, la retracción de nuestro tipo de organización social y democrática está dejando al descubierto interioridades feas y conviene no dejar de afianzar conclusiones y convencimientos al hilo de incidentes como el del autobús. Lo que más resiste de las ciudades destruidas cuando se van cayendo son las ratas y la porquería. Lo que más resistirá en nuestras sociedades si permitimos su desmoronamiento son los credos compulsivos en su versión menos amable, como las uñas de los muertos. En España el problema es algo más intenso que en otros sitios, porque tras la muerte de Franco aceptamos sin querer que la historia se hiciera perezosa y un régimen se superpusiera al anterior con indolencia, sin hacer las debidas limpiezas. Tenemos mucha basura histórica en nuestro interior lista para coger forma a poco que la convivencia se retraiga. Estamos entrando en esta crisis rara y de nuevo siglo de las democracias sin haber limpiado los restos del pasado anterior a la democracia cuyo modelo declina. Y hay que decirlo claro y hacerse oír.